Música Cretina es un no-programa online que intenta mantener cierta regularidad. Sus últimas entregas musicales se pueden escuchar en los players que se encolumnan aquí debajo. Además, hay muchos más no-programas listos para escuchar en nuestra página de Mixcloud. También disfrutamos mucho de explayarnos sobre los temas incluidos en cada emisión: son las historias que contaríamos al aire de ser, efectivamente, un programa.
Idea, conducción y textos: Martín Pérez
musicacretina@gmail.com
jueves, 14 de noviembre de 2019
Abdoulaye Cissé, "Les vautours"
Se los presento, aunque apenas si lo conozco. Al muchacho que sonríe con su guitarra desde la foto de portada de este single aprendí a llamarlo Abdoulaye Cissé, aunque su nombre esté escrito invertido en el disco. Supongo que, en su Burkina Faso natal, los nombres propios se escriben al revés, el apellido primero y el nombre después. Pero si estamos hablando del buen Adboulaye es porque el que tal vez sea su tema más famoso engalana el último Música Cretina, y también porque una de las cosas que más me fascinan luego de armar el no-programa es tener una excusa para perder el tiempo en las redes, intentando descubrir la historia detrás de cada tema y sus autores. Aunque después de haber invertido parte sustancial de la mañana de este jueves tengo que confesar que aún no conseguí dar con todas las partes del rompecabezas que sigue siendo para mí su historia, leo por ahí que su nombre quiere decir “Hombre de la guitarra”, por eso elegí esta foto de juventud para presentarlo. En esa época despreocupada y sonriente, nuestro guitar-man acababa de sumarse a la orquesta Super Volta, y disfrutaba plenamente de dedicarse a la música, tocando como parte de la orquesta en fiestas a lo largo y a lo ancho de Burkina Faso. Ya vendría luego el momento de componer sus propios temas, como este “Les Vautours”, o sea “Los buitres”, que terminaría no solo bautizando a su propio grupo, sino que también convirtiéndose en un himno de la toma de armas y la revolución africana de aquella época, fines de los setenta, comienzos de los ochenta. Desconozco hasta qué punto el propio Cissé formó parte de esos acontecimientos, pero por las pocas entrevistas que encontré online y logré desentrañar del francés, entiendo que más que nada siguió dedicándose a la música durante toda su vida, como músico, productor y promotor cultural. Pero la historia más interesante que asomó durante mi búsqueda fueron sus recuerdos alrededor de la trágica historia de Thomas Sankara y Blaise Compaoré, guerrilleros de Burkina Faso que supieron formar parte del mismo grupo --uno como guitarrista, el otro como cantante-- antes de dedicarse a las armas, y que tras ser compañeros en la música y la revolución, finalmente cuatro años de haber tomado juntos el gobierno en 1983, Compaoré asesinó a su viejo compadre, y se perpetuó en el poder durante casi tres décadas, viendose obligado a renunciar recién en 2015, con la gente ocupando las calles y recordando a Sankara, a quien muchos bautizaron en su momento como el Che Guevara africano. Entrevistado por The Guardian por aquella época, Cissé recordó que el verdadero músico era Sankara, que Compaoré sólo cantaba, pero no se tomaba muy en serio la música. "A Sankara incluso entonces ya lo bautizamos como el comandante, Compairé era simplemente Blaise", agregó. Un detalle que me iluminó en este jueves demasiado iluminado, al punto del agobio, por un verano que ahora se apura para cobrarnos todo lo que parece que le debemos. Tal vez me gustó la idea porque suena bonito pensar en los obreros de la música como los guardianes de la revolución, y en los cantantes estrella como capaces de hacerle un golpe a los amigos para eternizarse en el poder. Son tiempos llenos de preguntas y sin respuestas firmes, y cualquier narrativa que ordene esta tierra yerma es bienvenida. Por más que uno sepa que toda historia es apenas una construcción, y que también hay músicos avaros y cantantes revolucionarios. Como Abdoulaye Cissé, el muchacho de la guitarra, que canta desde entonces sobre los buitres que sobrevuelan África, y recuerda lo que hay que hacer para ahuyentarlos.
miércoles, 13 de noviembre de 2019
Mahalia Jackson, "Keep your hand on the plow"
Cuando llegue al cielo/ voy a cantar y gritar/ y no habrá nadie que me pueda echar
Se las presento: la señora de la foto se llama Mahalia Jackson, y es, fue y será la reina del Gospel. En las fotos que se suelen ver por ahí se la ve siempre gritando, y es comprensible: su voz de contralto es la que hace que unx deje todo lo que está haciendo y se disponga a escucharla. Pero me quedé prendado de esta foto en la que está mirando al piso, pensando en sus dones tal vez y, quién sabe, incluso dudando de tanta certeza religiosa o de la otra. Una imagen que, si lo pensamos bien, encaja perfectamente en el tema que suena apenas comenzado el Lado A del último Música Cretina y genera lo que siempre sabe hacer la voz de Mahalia: que levantemos la cabeza y prestemos atención a lo que está sucediendo. Pero, además de la voz, está la canción, que justamente en este caso habla de esos momentos en los que se duda, en los que el destino está cada vez más lejos. O, mejor dicho, habla de lo que hay que hacer ante semejante abismo: Aferrarse al arado y no mirar atrás. Un consejo que también resulta más que apropiado para estos días de marchas y balas de goma, de golpes que no se quiere aceptar que son golpes, de elecciones y asunciones demasiado cercanas y lejanas a la vez. Keep your hand on the plow, la canción que canta Mahalia —o mas bien ese huracán con el que nos arrasa— es un tema tradicional, basado en la Biblia, que terminó siendo adoptado en la lucha por los derechos civiles que se llevó a cabo durante los años ’60 en los Estados Unidos. Tiene muchas versiones, bajo varios nombres, aparece —por ejemplo— en el debut de Dylan bajo el título de Gospel plow. Nacida en New Orleans, pero reubicada antes de cumplir 18 años en Chicago, Mahalia trabajó limpiando casas pero sus dotes vocales le permitieron ganarse rápidamente la vida cantando en iglesias y funerales. Fanática confesa de Bessie Smith, Jackson nunca dejó de cantarle a Dios, pero su total entrega vocal evidencia por qué —junto a cantantes como Marion Williams o Sister Rosetta Tharpe— el gospel es considerado uno de los padres (¡y madres!) del rock’n’roll. “El rock fue secuestrado del púlpito de la santa iglesia”, se reía Mahalia, a quien Little Richard consideró una de sus influencias, y que tuvo entre los integrantes de su banda a músicos como Billy Preston, que luego siguieron su propia carrera. Pero una de las cosas más fascinantes de su biografía es su cercanía al movimiento de los derechos civiles, más especialmente a Martin Luther King. Leo por ahí que Mahalia cantó en la famosa marcha sobre Washington del año 1963, justo después de King. Los dos conocían sus respectivos repertorios por haberse presentado muchas veces juntos desde el boicot de Rosa Park en adelante, así que el Reverendo le pidió que cantase un tema, y ella a su turno le pidió a King que les hablase a los más de 200 mil presentes sobre su sueño, que a partir de entonces pasó a la historia. Toda aquella época ya es historia, pero al mismo tiempo está viva y se repite, una y otra vez. Necesitamos un sueño, y necesitamos una voz como la de Mahalia, no sólo para enfrentar los nuevos tiempos, sino apenas para llegar al fin de semana. Es miércoles, el sol humedo de esta primavera cruel está apretando, pero si hacemos play en el no-programa llegará el momento en que una voz huracanada nos obligue a levantar la cabeza, a aferrarnos a lo que creemos, y a no mirar atrás.
Se las presento: la señora de la foto se llama Mahalia Jackson, y es, fue y será la reina del Gospel. En las fotos que se suelen ver por ahí se la ve siempre gritando, y es comprensible: su voz de contralto es la que hace que unx deje todo lo que está haciendo y se disponga a escucharla. Pero me quedé prendado de esta foto en la que está mirando al piso, pensando en sus dones tal vez y, quién sabe, incluso dudando de tanta certeza religiosa o de la otra. Una imagen que, si lo pensamos bien, encaja perfectamente en el tema que suena apenas comenzado el Lado A del último Música Cretina y genera lo que siempre sabe hacer la voz de Mahalia: que levantemos la cabeza y prestemos atención a lo que está sucediendo. Pero, además de la voz, está la canción, que justamente en este caso habla de esos momentos en los que se duda, en los que el destino está cada vez más lejos. O, mejor dicho, habla de lo que hay que hacer ante semejante abismo: Aferrarse al arado y no mirar atrás. Un consejo que también resulta más que apropiado para estos días de marchas y balas de goma, de golpes que no se quiere aceptar que son golpes, de elecciones y asunciones demasiado cercanas y lejanas a la vez. Keep your hand on the plow, la canción que canta Mahalia —o mas bien ese huracán con el que nos arrasa— es un tema tradicional, basado en la Biblia, que terminó siendo adoptado en la lucha por los derechos civiles que se llevó a cabo durante los años ’60 en los Estados Unidos. Tiene muchas versiones, bajo varios nombres, aparece —por ejemplo— en el debut de Dylan bajo el título de Gospel plow. Nacida en New Orleans, pero reubicada antes de cumplir 18 años en Chicago, Mahalia trabajó limpiando casas pero sus dotes vocales le permitieron ganarse rápidamente la vida cantando en iglesias y funerales. Fanática confesa de Bessie Smith, Jackson nunca dejó de cantarle a Dios, pero su total entrega vocal evidencia por qué —junto a cantantes como Marion Williams o Sister Rosetta Tharpe— el gospel es considerado uno de los padres (¡y madres!) del rock’n’roll. “El rock fue secuestrado del púlpito de la santa iglesia”, se reía Mahalia, a quien Little Richard consideró una de sus influencias, y que tuvo entre los integrantes de su banda a músicos como Billy Preston, que luego siguieron su propia carrera. Pero una de las cosas más fascinantes de su biografía es su cercanía al movimiento de los derechos civiles, más especialmente a Martin Luther King. Leo por ahí que Mahalia cantó en la famosa marcha sobre Washington del año 1963, justo después de King. Los dos conocían sus respectivos repertorios por haberse presentado muchas veces juntos desde el boicot de Rosa Park en adelante, así que el Reverendo le pidió que cantase un tema, y ella a su turno le pidió a King que les hablase a los más de 200 mil presentes sobre su sueño, que a partir de entonces pasó a la historia. Toda aquella época ya es historia, pero al mismo tiempo está viva y se repite, una y otra vez. Necesitamos un sueño, y necesitamos una voz como la de Mahalia, no sólo para enfrentar los nuevos tiempos, sino apenas para llegar al fin de semana. Es miércoles, el sol humedo de esta primavera cruel está apretando, pero si hacemos play en el no-programa llegará el momento en que una voz huracanada nos obligue a levantar la cabeza, a aferrarnos a lo que creemos, y a no mirar atrás.
martes, 12 de noviembre de 2019
Anntona, "La policía del amor incorrecto"
Va usted de cabeza al desastre/ ¡déjenos pararle!
Creo que ya les avisé que hay un nuevo Música Cretina. Pero también estoy seguro que no lo he dicho lo suficiente. Así que lo vuelvo a decir: ¡Hay un nuevo Música Cretina! Y uno de sus primeros temas tiene el estribillo que se puede leer aquí arriba. Una frase que suena como ésas que cada tanto uno imagina que alguien grita, o supone que debería hacerlo, en ciertos momento de nuestra vida. Lo sabemos: no hay que detenerse en esos casos, hay que seguir sin mirar atrás. La frase que yo suelo escuchar es: “¡Deténganlo, es un impostor!” La escuché claramente, por ejemplo, la primera vez que me subí a un avión gracias a mi trabajo como periodista. Con el tiempo descubrí que eso incluso tiene nombre, lo llaman síndrome del impostor. Pero cuánto mas útil sería que lo que uno escuchase —en el momento apropiado, claro— fuese eso que se puede leer aquí arriba. No es mi cerebro el que lo canta (grita), sino un tal Manuel Sánchez Muñoz, más conocido como Anntona. Y más conocido aún como uno de los integrantes de Los Punsetes. El tema en cuestión se llama La policía del amor incorrecto, y una década atrás formó parte de su primer disco propiamente dicho como solista, En la cama con Anntona (2009). Leo por ahí hubo uno anterior, pero que es más bien una colección de demos, Anntona es buena persona (2007). Los dos —así como el siguiente, Grandes males, remedios regulares (2011)— se pueden bajar gratis de su bandcamp. Leo también que Anntona dice que los temas de sus primeros discos eran los que no encajaban en Los Punsetes, por ser demasiado personales o demasiado graciosos, pero en este caso lo encuentro mas que tierno. Porque cada vez que lo escucho pienso en esos momentos que hubiese necesitado —la boca se me haga a un lado— de esa policía. Va usted a comerse una mierda/ déjenos pararle, canta Anntona y es imposible no imaginarse también tantas cosas que se han torcido en el ultimo tiempo, y también las que se están torciendo en este mismo momento, tantas que a veces uno piensa que no importa ninguna otra cosa. Ahí es donde haría falta la policía del pensamiento extremadamente correcto, una que nos diga que hay vida más allá de esas repeticiones, esos deber ser, esas afirmaciones cejijuntas. Le vimos un gesto extraño/ el corazón se le sale al andar, canta Anntona, y está claro que ha dado en el clavo. Vayamos con ese corazón en las manos, atrapémoslo antes de que se escape, y hagamos play en el último no-programa, que es martes y aún hay mucho que atravesar antes de que llegue el próximo fin de semana.
lunes, 4 de noviembre de 2019
Sam Phillips, "Gimme some truth" (John Lennon)
Todo lo que quiero es la verdad/ sólo dame un poco de verdad
Uno de mis discos preferidos —de entre esos que uno piensa que es el único que los tiene, porque no es que sean clásicos ni muy conocidos— es Martinis and bikinis, el tercer disco solista de la ex cantante religiosa Sam Phillips, producido por el que en ese momento era su marido, T Bone Burnett. Se trata de un álbum profundamente beatle, lleno de canciones y del sonido burnettiano de la época, medio cajita de música, algo deudor de las producciones de Mitchell Froom y Tchad Blake. Siempre me gustó el tema que abre el disco, una mini-tema en realidad, de menos de un minuto al estilo de Brian Wilson, cuya letra desea que todos consigamos nuestros deseos, y —en un guiño al título del disco— martinis y bikinis para nuestros amigos. Pero nunca le había prestado demasiada atención al cover que lo cierra, tal vez porque los temas originales eran muchos y muy buenos, que rescata aquel rezo del Lennon de Imagine, rogando algo de verdad, justo después de haberse desgañitado durante todo un disco con su grito primal. Ese hartazgo ante una increíble enumeración de hipócritas estirados, cortos de vista y de cabeza; políticos cabeza de cerdo, neuróticos y psicóticos; chauvinistas condescendientes y nenes de mamá y estrellas paranoicas y esquizofrénicas se me hizo de pronto tan propio no sólo de estos tiempos post electorales sino también de este mundo online en el que vivimos cada vez más, que finalmente terminé de comprender y abrazar el disco de Sam Phillips incluyendo este cover final, un pedido de verdad que provenía —además— de una artista que venía de un mundo devocional, y había empezado su carrera musical grabando discos religiosos bajo su nombre de nacimiento, Leslie. Leo por ahí que, luego de separarse de T Bone Burnett, Sam se convirtió en la cantante de cabecera de la serie Gilmore girls, y por supuesto que fue convocada para su reciente regreso. Hasta donde pude, siempre le seguí la pista, pero debo confesar que —al menos para mi—nunca alcanzó la genialidad de este disco, en el que pide que todos alcancemos nuestros deseos, con martinis y bikinis cerca. Augurios que se comprenden mucho mejor ante la enumeración de todas esas voces que nos aturden, y ese pedido de verdad, aunque sea un poquito. Que es el mismo de Lennon en los setenta, mi querida Sam en los noventa, y este flamante Música Cretina al borde de estos nuevos años veinte, que tiene apenas para ofrendar, ahí nomás, a un play de distancia, apenas los martinis y la verdad de un puñado de canciones. No es poco, pero jamás es suficiente. Aunque siempre es un buen punto de partida. O, al menos, de llegada. Puertas adentro, vaso en mano, y play, siempre play como para terminar el día. O arrancar la semana.
viernes, 1 de noviembre de 2019
The Arcs, "Stay in my corner"
Es viernes y Música Cretina lo sabe. Hay un nuevo no-programa y arranca con este temazo del grupo paralelo de Dan Auerbach, uno de los integrantes de Black Keys. Auerbach canta y toca la guitarra, y también es un productor de primer nivel, creo que lo empecé a respetar más por sus producciones que por los discos de sus grupos. Igual siempre me gustó la historia iniciática del dúo entre guitarrista y baterista, que cuenta cómo el guitarrista cayó en el sótano del baterista para ensayar con su grupo, pero como fue el único que hizo acto de presencia terminó zapando con el anfitrión y listo, el resto es historia. La otra mitad de los Black Keys —el batero en cuestión— es Patrick Carney, hijo del saxofonista y clarinetista Ralph Carney, al que todos conocemos por su trabajo con Tom Waits de Rain dogs en adelante. The Arcs nació cuando Carney se tomó un tiempo libre después de una década de haber estado aporreando la batería junto a su colega del chingui chingui, que en vez de parar se armó su propio grupo, un quinteto rocker pero apasionado por el soul, mas especialmente el de fines de los sesenta y comienzos de los setenta. Leo en Allmusic que la deuda más precisa es con la música de The Stylistics, pero más que nada es algo que veo en la gráfica de portada del único disco del grupo, Yours, dreamily (2015), que en un tema como este apasionado Stay in my corner, que salió primero como un simple inspirado en... ¡la pelea entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao! Quedate en mi rincón, dice Auerbach, un evidente fanático del boxeo además del soul, que nunca le pide al arbitro que empiece la cuenta, pero avisa en el primer verso del tema: “No siempre soy un ganador, más bien suelo cagarla”. Y ya saben lo que dicen sobre los que avisan. Como este viernes, que avisa que el fin de semana ya está acá. Traidor será quien no lo deje llegar, mientras que acá en Música Cretina ya colgamos los guantes, nos sentamos en el banquito y pedimos la botella. Que la pelea siga sin nosotrxs, nomás. Ya es hora de hacer play y que boxee otrx.
miércoles, 30 de octubre de 2019
Julio Franchi, "Chicos y chicas"
Otra vez es el verdadero amor/ a lo que le tenés miedo
A mi amigo Julio le debo una nota. Es el de la foto, su nombre completo es Julio Franchi, y en el post del que saqué esta imagen —de un año atrás, más o menos— se preocupaba por aclarar que si tiene un peinado raro es por el turbante a modo de vincha que tenía puesto hasta justo antes del click del fotógrafo. Con turbante, faso en los labios y ojos achinados, así es como siempre se lo ve al Franchi, el último gran secreto musical de Rosario, al menos fronteras afuera. Porque allá todos lo conocen, y no son pocos los que se saben sus temas. A la hora de presentarlo, como para cortar camino, suelo decir que es el Pity de Rosario, y si bien no se trata de eso, hay que convenir que sus temas más representativos tienen el gancho y la calle —y la vincha en el pelo— dignos del mejor Pity. Y atención que hablo del mejor. Pero a eso hay que sumarle una sensibilidad que Julio pone siempre bien por delante (como, siendo justos, también solía hacer el Pity cada vez que podía y venía al caso). Un combo que se despliega en toda su gloria en Chicos y chicas, el tema que estalla casi al comienzo del Lado B del último Música Cretina, después de Giant Sand, nada menos. Es de donde sale el verso con el que arrancan estas líneas, el hitazo que no fue que cierra su tercer disco, Invierno en la luna, que pasó injustamente casi desapercibido el año pasado, tal vez porque Julito le había puesto demasiadas fichas, y la música casi nunca es justa sobre el paño. Pero qué generosa que suele ser para los que la escuchamos sin esperar nada, y eso es lo que me pasa desde hace unos días con esta canción, que me ayuda a resignificar todo lo que viene sucediendo aquí, allá y en todas partes. Chicos y chicas/ se juntan en la plaza/ se aprenden las canciones/ se juntan y se abrazan, canta Julio con un ritmo que reescribe ese Boys and girls noventoso que supo ser entonces un feliz canto de barricada de nada. Y repite: Chicos y chicas/ levantan las banderas/ lo único peligroso/ es que no te conmueva, poniendo en acción esa dialéctica entre calle y sensibilidad que siempre encuentra una síntesis superadora, lo mejor que sabe hacer Franchi y algo que le vi hacer en una fiesta de cumpleaños. Había llegado el momento del fogón colectivo, y los borrachos que nunca faltan habían empezado su dictadura exigiendo hits para berrear y seguir bebiendo. Fue en ese contexto que Julito pidió la pelota, la puso contra el piso, y se tocó un tema de Charly bien lento y sensible (creo que fue Canción de dos por tres). Recuerdo haber pensado que era algo que merecía toda nuestra atención y no los murmullos de impaciencia que previsiblemente iban a llegar, pero lo que sucedió es que su entrega fue tanta que hipnotizó a las serpientes, se ganó a los berreantes, que hicieron un respetuoso silencio, fascinados ante lo que estaba sonando. No es algo que le haya visto hacer a muchos. Franchi es un tipo especial, no tengo ninguna duda. Insisto, no se en qué anda en estos días. Antes de sacar Invierno en la luna formó parte de Francisca y Los Exploradores, y googleando antes de escribir esto encontré un tema perdido —y hermoso, como siempre— que subió en abril. Después de probar suerte durante un tiempo en Buenos Aires finalmente se volvió a Rosario, y me alegra saber que por lo visto sigue haciendo música. Por acá es Cretino honorario desde hace tiempo, y cada vez que encuentro una excusa suenan temas de sus dos primeros discos, Mi sentimiento y Personalidad. Y finalmente Invierno en la luna empezó también a sonar. La nota te la sigo debiendo, Julio. Lo sé y no me olvido. Pero de la misma manera que vos nunca vas a dejar de hacer música, te aseguro que esa nota ya va a llegar.
A mi amigo Julio le debo una nota. Es el de la foto, su nombre completo es Julio Franchi, y en el post del que saqué esta imagen —de un año atrás, más o menos— se preocupaba por aclarar que si tiene un peinado raro es por el turbante a modo de vincha que tenía puesto hasta justo antes del click del fotógrafo. Con turbante, faso en los labios y ojos achinados, así es como siempre se lo ve al Franchi, el último gran secreto musical de Rosario, al menos fronteras afuera. Porque allá todos lo conocen, y no son pocos los que se saben sus temas. A la hora de presentarlo, como para cortar camino, suelo decir que es el Pity de Rosario, y si bien no se trata de eso, hay que convenir que sus temas más representativos tienen el gancho y la calle —y la vincha en el pelo— dignos del mejor Pity. Y atención que hablo del mejor. Pero a eso hay que sumarle una sensibilidad que Julio pone siempre bien por delante (como, siendo justos, también solía hacer el Pity cada vez que podía y venía al caso). Un combo que se despliega en toda su gloria en Chicos y chicas, el tema que estalla casi al comienzo del Lado B del último Música Cretina, después de Giant Sand, nada menos. Es de donde sale el verso con el que arrancan estas líneas, el hitazo que no fue que cierra su tercer disco, Invierno en la luna, que pasó injustamente casi desapercibido el año pasado, tal vez porque Julito le había puesto demasiadas fichas, y la música casi nunca es justa sobre el paño. Pero qué generosa que suele ser para los que la escuchamos sin esperar nada, y eso es lo que me pasa desde hace unos días con esta canción, que me ayuda a resignificar todo lo que viene sucediendo aquí, allá y en todas partes. Chicos y chicas/ se juntan en la plaza/ se aprenden las canciones/ se juntan y se abrazan, canta Julio con un ritmo que reescribe ese Boys and girls noventoso que supo ser entonces un feliz canto de barricada de nada. Y repite: Chicos y chicas/ levantan las banderas/ lo único peligroso/ es que no te conmueva, poniendo en acción esa dialéctica entre calle y sensibilidad que siempre encuentra una síntesis superadora, lo mejor que sabe hacer Franchi y algo que le vi hacer en una fiesta de cumpleaños. Había llegado el momento del fogón colectivo, y los borrachos que nunca faltan habían empezado su dictadura exigiendo hits para berrear y seguir bebiendo. Fue en ese contexto que Julito pidió la pelota, la puso contra el piso, y se tocó un tema de Charly bien lento y sensible (creo que fue Canción de dos por tres). Recuerdo haber pensado que era algo que merecía toda nuestra atención y no los murmullos de impaciencia que previsiblemente iban a llegar, pero lo que sucedió es que su entrega fue tanta que hipnotizó a las serpientes, se ganó a los berreantes, que hicieron un respetuoso silencio, fascinados ante lo que estaba sonando. No es algo que le haya visto hacer a muchos. Franchi es un tipo especial, no tengo ninguna duda. Insisto, no se en qué anda en estos días. Antes de sacar Invierno en la luna formó parte de Francisca y Los Exploradores, y googleando antes de escribir esto encontré un tema perdido —y hermoso, como siempre— que subió en abril. Después de probar suerte durante un tiempo en Buenos Aires finalmente se volvió a Rosario, y me alegra saber que por lo visto sigue haciendo música. Por acá es Cretino honorario desde hace tiempo, y cada vez que encuentro una excusa suenan temas de sus dos primeros discos, Mi sentimiento y Personalidad. Y finalmente Invierno en la luna empezó también a sonar. La nota te la sigo debiendo, Julio. Lo sé y no me olvido. Pero de la misma manera que vos nunca vas a dejar de hacer música, te aseguro que esa nota ya va a llegar.
martes, 29 de octubre de 2019
The Replacements, "Rock'n'roll ghost"
Me miro en el espejo y veo/ un fantasma del rock’n’roll
Se los presento, estos fantasmas del rock son los Replacements. Los que están sentados sobre las cajas donde guardan sus equipos son el guitarrista Slim Dunlap, el bajista Tommy Stinson y el baterista Chris Mars, mientras que el que en el piso está sentado Paul Westerberg, cantante y letrista del grupo. La foto está sacada en la sala de ensayo del cuarteto justo en el año en que salió el disco que contiene el tema bautizado por el verso que pueden leer al comienzo de estas líneas. Don’t tell a soul fue el primer álbum de los Replacements sin la guitarra de Bob Stinson, miembro fundador y para muchos el alma del grupo, que había sido reemplazado dos años antes por Dunlap. Es el disco que debió haber iniciado su camino de consagración, ya con el sello decididamente detrás de ellos (de hecho, fue el único con un tema capaz de entrar en el top 100 de Billboard), pero apenas si fue el prólogo a su rápida separación, un año más tarde, luego del decepcionante All shook down, aquel con la foto de los dos perros callejeros en tapa, que debió haber sido el debut de Westerberg como solista pero terminó siendo ni chicha ni limonada. Si hoy estamos hablando del disco anterior, el que incluye este Rock’n’roll ghost, es porque coincidiendo con su 30 aniversario, acaba de ser reeditado con los habituales demos, remezclas y shows en vivo que justifiquen volvérselo a vender a sus fans antes de que no haya mas disquerías donde poder llevarse algo a casa de tu grupo preferido, y todo solo exista en el aire. De ahí sale la versión —supuestamente del remix original del disco— que suena en el último Música Cretina del tema en que Westerberg siente el acoso de un fantasma del rock n roll. Se suele mencionar que ese fantasma es el del miembro ausente del grupo, el verdadero rockero, dueño de todas las leyendas, el buen Bob Stinson. Pero al recorrer la letra queda claro que Westerberg está hablando de sí mismo, del fin de sus días rebeldes, y al mismo tiempo le habla a sus fans de entonces, que estarían siguiendo ese mismo camino. Era demasiado joven para preocuparme por las palabras, y mirame ahora, dice el buen Paul, que estaba convirtiéndose en un cantautor, ese que bautizó su debut como solista bajo el aparentemente sencillo nombre de 14 Canciones, pero la imagen de tapa lo disfrazaba de libro. Ah, las palabras, esas que para un rocker no valen nada, hasta que siempre terminan demostrando su peso. No hay nadie con quien hacer un brindis, se queja el ya-no-tan salvaje Paul, invitando al que escucha su canción a brindar con él. No hay caso: nada hay más melancólico que el fin del rock’n’roll, y al mismo tiempo no hay nada que de más alivio. Pero, claro, hay que pasar la abstinencia. Algo parecido sucede en estos días, que después de un baldazo de agua fría que duró cuatro años, hay quienes fantasean volver al rock. Pero hay que reconocer a ese fantasma en el espejo, pensar más en la realidad que en el mito, y saber que de este laberinto no se sale por arriba, sino recorriendo cuidadosamente en cada curva del camino. Hay que hacer todo de nuevo, qué duda cabe. Y recordar que ese fantasma del rock’n’roll no amenaza sino que acompaña. Porque eso es lo que hace —o debería hacer— eso que insistimos en llamar rock.
Se los presento, estos fantasmas del rock son los Replacements. Los que están sentados sobre las cajas donde guardan sus equipos son el guitarrista Slim Dunlap, el bajista Tommy Stinson y el baterista Chris Mars, mientras que el que en el piso está sentado Paul Westerberg, cantante y letrista del grupo. La foto está sacada en la sala de ensayo del cuarteto justo en el año en que salió el disco que contiene el tema bautizado por el verso que pueden leer al comienzo de estas líneas. Don’t tell a soul fue el primer álbum de los Replacements sin la guitarra de Bob Stinson, miembro fundador y para muchos el alma del grupo, que había sido reemplazado dos años antes por Dunlap. Es el disco que debió haber iniciado su camino de consagración, ya con el sello decididamente detrás de ellos (de hecho, fue el único con un tema capaz de entrar en el top 100 de Billboard), pero apenas si fue el prólogo a su rápida separación, un año más tarde, luego del decepcionante All shook down, aquel con la foto de los dos perros callejeros en tapa, que debió haber sido el debut de Westerberg como solista pero terminó siendo ni chicha ni limonada. Si hoy estamos hablando del disco anterior, el que incluye este Rock’n’roll ghost, es porque coincidiendo con su 30 aniversario, acaba de ser reeditado con los habituales demos, remezclas y shows en vivo que justifiquen volvérselo a vender a sus fans antes de que no haya mas disquerías donde poder llevarse algo a casa de tu grupo preferido, y todo solo exista en el aire. De ahí sale la versión —supuestamente del remix original del disco— que suena en el último Música Cretina del tema en que Westerberg siente el acoso de un fantasma del rock n roll. Se suele mencionar que ese fantasma es el del miembro ausente del grupo, el verdadero rockero, dueño de todas las leyendas, el buen Bob Stinson. Pero al recorrer la letra queda claro que Westerberg está hablando de sí mismo, del fin de sus días rebeldes, y al mismo tiempo le habla a sus fans de entonces, que estarían siguiendo ese mismo camino. Era demasiado joven para preocuparme por las palabras, y mirame ahora, dice el buen Paul, que estaba convirtiéndose en un cantautor, ese que bautizó su debut como solista bajo el aparentemente sencillo nombre de 14 Canciones, pero la imagen de tapa lo disfrazaba de libro. Ah, las palabras, esas que para un rocker no valen nada, hasta que siempre terminan demostrando su peso. No hay nadie con quien hacer un brindis, se queja el ya-no-tan salvaje Paul, invitando al que escucha su canción a brindar con él. No hay caso: nada hay más melancólico que el fin del rock’n’roll, y al mismo tiempo no hay nada que de más alivio. Pero, claro, hay que pasar la abstinencia. Algo parecido sucede en estos días, que después de un baldazo de agua fría que duró cuatro años, hay quienes fantasean volver al rock. Pero hay que reconocer a ese fantasma en el espejo, pensar más en la realidad que en el mito, y saber que de este laberinto no se sale por arriba, sino recorriendo cuidadosamente en cada curva del camino. Hay que hacer todo de nuevo, qué duda cabe. Y recordar que ese fantasma del rock’n’roll no amenaza sino que acompaña. Porque eso es lo que hace —o debería hacer— eso que insistimos en llamar rock.
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