miércoles, 15 de julio de 2020

Andy Adler (1963-2020)

La noticia de su muerte llegó el viernes pasado, justo cuando acabábamos de terminar el especial dedicado a Rosario Bléfari. Y fue demasiado. Por eso postié en Faceook lo de la garra charrúa y tiré la toalla. Pero durante todo el fin de semana me quedé pensando en Andy Adler, y en que le debía una despedida. Así que déjenme hablarles un poco más del tipo cuya foto ilustra estas líneas: la tomé la noche en que Sonic Youth tocó en Montevideo, y creo que fue la última vez que lo vi. Lo conocí a través de Angel Atienza, que allá lejos y hace tiempo fue uno de los que me ayudó a entrarle al universo musical montevideano. Por entonces la había pegado editando un cassette --todo era en cassette por entonces-- titulado Las criaturas del pantano, un rejunte de la generación que subía al escenario del Juntacadáveres, ideal para aquellos tiempos grunge aunque fuese más killer rock que otra cosa. El éxito lo había tomado medio desprevenido al siempre genoroso Angelito, porque no era ésa justamente su música, pero no por eso dejó de curiosear por ahí, y cuando charlamos sobre el asunto me mostró una cinta que tenía de uno de los integrantes de aquellas bandas, diciéndome que ésa era la posta. Y lo era. Se trataban de apenas tres o cuatro temas acústicos, cantados en inglés, interpretados por alguien al que hasta entonces desconocía, un tal Andy Adler. Me impresionaron tanto esas versiones --Angel confiaba en poder convencerlo para que grabase un poco más, hasta completar un disco-- que empecé a preguntar por él, y las versiones que me llegaron eran algo imprecisas. Supongo que no tenía aun los interlocutores ideales, y que tampoco supe bien dónde buscar, pero me impresionó tanto eso poco que escuché, que lo puse en mi lista. Recuerdo que en la época que iba a cubrir el Festival de Punta del Este --donde lo conocí al Tussi, por ejemplo, aunque apenas si nos saludamos entonces-- alguien me había dicho que estaba por allá, se había instalado porque su novia tenía una librería o algo así. Los detalles se me escapan, la memoria me resulta complicada, como cantaba alguien por ahí, je. Pero de pronto Andy volvió a aparecer en la mira, recuerdo que gracias a internet pudimos primero encontrarnos online, y así fue como llegó a mis manos Ases del Beat, y terminó primero reseñado en el suplemento No (junto con Ex, de La Hermana Menor), y luego creo q incluso armé alguna pequeña nota. Y después gracias al Eté alcancé percibir más claramente su figura (es brillante su aparición en el video de Malditos banquetes, gracias Stoll por todo lo que nos das). Recuerdo con cariño haberle encargado un perfil de Andy a Mariana Enriquez para La mano (¿habrán sido las únicas apariciones de Andy en la prensa argentina?), pero lo cierto es que siempre fui postergando lo que más me interesaba, sentarlo a hablar largo y tendido, sabiendo qué preguntarle. Cuando pensé que yo ya estaba listo, Andy ya no estaba ahí, se había enfermado y recluido, y ya no contestaba mensajes. Como han contado muchos por acá, hace años que esperábamos que llegase la noticia que llegó recién el viernes pasado. Y leyendo las notas de despedida, los recuerdos de sus amigos (el mejor es el del Tussi, sin dudas), queda claro que para todos ellos Andy fue también una figura algo incompleta. Ya sea por tenerlo demasiado cerca, como por mirar desde muy lejos y no saber encontrarlo, hay algo difuso en todos sus retratos. Sabiendo todo esto, y también aceptando mis propias limitaciones (¡no debe haber nada más difuso que esto que estoy escribiendo!), prefiero volver a aquella primera intuición que tuve. Siempre pensé en Andy como el Luca uruguayo, más que nada por su vocación por hacer que el rock local cambie de época, se ponga al día, se abra a otras influencias. Si Prodan metió al rock argentino de prepo en los 80, cuanto más leo me doy cuenta que el inapresable Andy hizo lo propio con las orejas de todos los que fueron sus interlocutores, de Cambalache punk en adelante. Como la obra que dejó dispersa es escasa, y no le hace plena justicia, prefiero volver a aquella imagen iniciática y eterna, la de su figura sentada en las tribunas vacías del Centenario en el documental Mamá era punk, diciéndole adiós a la Garra Charrúa, hambriento de algo más, lo que sea pero más. Y si puede ser rock, mejor. Yo te saludo, Andy. Seguro que no soy el mas indicado para recordarte, pero atesoro esa imagen que construí de vos. Y agradezco y devuelvo esa memoria. Para que otros pregunten, busquen e imaginen. Esa ruta de descubrimiento y compañía que tan bien nos regala el rock cuando abraza su función de lenguaje secreto y sabe ser cultura.

sábado, 13 de junio de 2020

Splendid isolation

Quiero vivir solo en el desierto/ quiero ser como Georgia O’Keefe

Ahí tienen al desierto, y ahí tienen a la señora O’Keefe. La foto es de John Loengard, que trabajó largamente para la revista Life y falleció a comienzos de mes. Escribiendo sobre él en este muro es que descubrí la foto, y también que había viajado un par de veces al desierto de Nuevo México para fotografiar a la pionera del modernismo estadounidense en su retiro, poco antes de su muerte, a los 98 años. Hay un libro que compila las fotos que tomó durante esas visitas, y calculo que esta bella imagen debe estar entre ellas. La iba a usar para acompañar la breve despedida que escribí sobre Loengard cuando me enteré de su muerte, pero terminé guardándola porque en realidad lo que me recordó la imagen fueron estos versos, y la canción que inauguran, aquel hermoso himno personal tomado de uno de mis Cretinos preferidos, nada menos que --de pie, señorxs-- Warren Zevon. Confieso que más de una vez elegí sus temas en Música Cretina para poder escribir sobre él, o viceversa, y por eso creo que ya he recordado que me topé por primera vez con su obra en Tabú, la disquería de Alfredo Rosso, que me convenció de comprar una edición local de Excitable Boy en vinilo, un disco que tiene muchos de sus mejores temas, y que alguna que otra vez supo sonar tan temprano como en Piso 93. Cuando empecé a trabajar en el No, y por lo tanto a frecuentar la redacción de Página 12, descubrí que Rodrigo Fresán también era fan, y un tiempo después, cuando la aparición de Radar incorporó a Juan Forn en nuestro día a día laboral, más de una vez terminamos hablando todos del buen Warren (sumándose a la charla otro fan, Juan Boido), sobre todo porque Forn siempre insistió con que me le parecía, por lo que solía llamarme por su nombre. Lo cierto es que, a pesar de llevar las canciones de Zevon tan cerca en mi corazón, hasta que no vi esta foto en la que Georgia parece buscar lo poco que le queda de futuro en lo más profundo del desierto no recordé estos versos de acá arriba y el tema al que le dan comienzo, más que apropiado para describir estos días que estamos viviendo. O, mejor dicho, el mundo personal que habitamos desde que estos días cayeron sobre nosotrxs. Aislamiento espléndido/ no necesito a nadie, canta Warren y yo pienso en todas las veces que he cantado con él ese estribillo como si fuese una declaración de guerra, una línea trazada en el piso, una advertencia y un pedido de ayuda al mismo tiempo. Michael Jackson en Disneylandia/ no necesita compartirla con nadie, se entusiasma Warren con nuestro himno solitario que, enseguida, cuando llega eso que suele denominarse como el puente --y que, cuando la canción es buena, suele ser la clave de esa excelencia, melódica y también temática--, apenas si se insinúa como una canción de separación que no acepta quejarse, y entonces muestra los dientes: No quiero despertarme con nadie al lado/ no quiero conocer a nadie nuevo/ no quiero que nadie venga sin avisar/ no quiero tener nada que ver con vos. Pero esa emotiva mirada detrás del decorado dura un segundo, porque el aislamiento espléndido regresa y entonces es hora de cantar una estrofa que resuena perfectamente en este presente porteño y estúpidamente sublevado: Estoy poniendo papel metalizado en las ventanas/ tirándome en la oscuridad a soñar/ no quiero ver sus rostros/ no quiero escucharlos gritar. Leo por ahí que el término 'Aislamiento espléndido' proviene de una terminología utilizada para denominar la política británica durante el siglo diecinueve, en la que todos sus aliados eran circunstanciales. También descubro que Splendid isolation no está en Spotify, ya que forma parte de Transverse city, un disco que Zevon grabó para Virgin, y hace tiempo vengo descubriendo que esa discográfica no parece llevarse muy bien con la gente de Spoty. Por suerte, en YouTube se puede encontrar una hermosa versión en vivo interpretada por Warren con Neil Young haciéndole la segunda, como está inmortalizado en el disco. En este luminoso mediodía de sábado, con el invierno golpeando a la puerta, los miro cantar en la pantalla de mi computadora y no quiero pensar en lo que será el mundo cuando ya no quede ninguno de ellos. Supongo que esto es ser --digamos-- viejo, sentir que todo lo que importa se ha ido o está a punto de hacerlo. No es lo que suele sucederme: disfruto descubriendo cosas nuevas, sorprendiéndome por lo que alcanzo a descubrir, compartiendo eso que acaba de emocionarme. Es más, he hecho de eso mi trabajo diario, la base de mi sustento, y de esa poca confianza que tengo en la humanidad. Hace tiempo que estoy convencido que eso que nos emociona y puede ser compartido nos hace mejores. Un poco, al menos. Pero, claro, estos son días extraños. Días --y especialmente noches-- en los que la mejor compañía son los amigos de siempre. Y muchos de mejores amigos son canciones que me hablan desde hace años, me escuchan y me comprenden mejor que nadie. Esas canciones que siempre lo han sabido todo antes que yo, y nunca me abandonan. Por eso es que levanto el puño cantando otra vez eso de que "quiero vivir solo en el desierto” y vuelvo a quedarme mirando la foto de Georgia O’Keefe, deseando ser capaz de mirar a los ojos todo lo que vendrá con la serenidad con la que ella deja perder su vista en ese desierto que hoy llamamos futuro. Y que en algún momento nos golpeará la puerta.

jueves, 9 de abril de 2020

Sloan, "Dignified and old" (The Modern Lovers)

Puedo ver a través de esta amargura y tristeza/ así que no moriré ahora 

La frase es de Jonathan Richman, y forma parte de la letra de uno de los clásicos originales que dejó grabados con los Modern Lovers, en un disco que apenas si fue demo, producido nada menos que por John Cale. El tema lleva por nombre Dignos y viejos, y da vueltas alrededor de la poderosa angustia adolescente y virginal propia de aquellos primeros temas del buen Jonathan. Así que, antes y después de mi sesgada selección, un par de versos extra subrayan la idea de la juventud como tierra desolada y la madurez como salvación o meta: la cita completa abre con hoy me odio y cierra con la oración que bautiza al tema, alguna vez pienso que seré digno y viejo. Claro que el viejo y —espero— digno que está escribiendo esto tiene otras ideas en la cabeza, y mi recorte —algo sensacionalista, convengamos— tiene que ver con el aquí y ahora. Un presente de abril y sol pero con abrigo, de encierro y Música Cretina, por suerte. Y el primer no-programa del año, que teníamos algo olvidado durante estos últimos días pero aún seguimos presentando, cierra con mi versión preferida del tema, a cargo de un grupo canadiense llamado Sloan. Los conocimos por aquí en la época que el sello de Geffen crecía y se multiplicaba a costas del éxito de Nirvana, y creo haberlos escuchado por primera vez en un compilado en el que promocionaban todas sus bandas. Sin embargo, pese a aquella inicial pátina grunge, Sloan siempre fue mas que nada un convencido y encantador grupo de power pop y, según leo por ahí, como el sello no los dejaba mostrar su verdadero rostro casi llegaron a replantearse entonces si querían seguir haciendo música. La respuesta fue que sí querían, y fue entonces cuando editaron el disco con el que reabrieron una carrera que ha continuado --con ciertas idas y vueltas-- más o menos hasta el día de hoy. Aquel disco fue un regreso a las fuentes nada casualmente titulado One chord to another --De un acorde a otro, o sea-- que incluso recientemente en Canadá fue celebrado con una reedición aniversario con cuatro discos, incluyendo la versión original, los temas que quedaron afuera, los demos y --la gema del lote-- un extraño disco titulado simplemente ¡Grabado en vivo en una fiesta de Sloan! Rescatado para el relanzamiento, ese disco siempre ha sido una de las perlas de mi discoteca, ya que la primera edición de One chord to another lo incluyó como álbum extra, y fue entonces cuando tuve la suerte --recomendación de la disquería neoyorquina  Other Music mediante-- de que llegase a mis manos. Desde entonces es lo que siempre he deseado para mi cumpleaños: que haya una banda de amigos que recorra festivamente semejante cantidad de temas hermosos, un repertorio que sepamos todos, y que sea al mismo tiempo una celebración y una declaración de principios. Tengo que confesar que nunca supe muy bien de qué se trataba el disquito en cuestión, porque como sólo está agregado al principal, poco y nada se dice al respecto. Pero no hace falta: ahí están los aplausos de la gente siguiendo los temas, algún que otro grito, y más que nada un show desenvuelto y entusiasta. ¡Y qué temas! Hay covers de The Turtles, Roxy Music, Canned Heat, The Hollies y --claro-- Modern Lovers, todos hechos propios por la banda, una selección en la que no desentonan los suyos, como I can feel it o el delicioso I am the cancer --un tema romántico cuyo muy cretino estribillo anuncia Soy el cáncer extirpado de vos--, que nunca fue tocado de una manera tan deliciosa por el grupo como en este disco perdido. Con el tiempo supe que sólo el sonido del murmullo del público fue grabado en la fiesta de cumpleaños de uno de sus integrantes, mientras que la actuación se grabó en un estudio. En vivo, eso sí. Y supongo que con público, por los aplausos. Por eso es que en la reedición dice grabado en una "fiesta", así, entre comillas. También me enteré que se trata de un guiño del grupo a Beach Boys Party!, un disco de 1965 que utiliza el mismo truco: en la reedición homenajean su portada. La que muestra la foto que acompaña estas líneas es la original, la que yo tengo, apenas un sobre interno que acompaña aquel otro disco, el principal. Pero el inolvidable para mí siempre fue éste otro, ya que su repertorio y su entusiasmo opaca --gran pecado-- al disco que supuestamente era el importante. He aquí una lección inmortal: si los covers es lo que se recuerda en lugar de tus temas originales, estamos en problemas. Sólo puedo decir algo en defensa de Sloan: que, al menos durante la “fiesta”, sus temas no tienen nada que envidiarle a los covers. Así que en estos tiempos en que no tenemos muchas fiestas ni celebraciones, ahora que muchos --me incluyo-- estamos preparándonos para cumplir años cuarentenados (cincuentenados en mi caso, je), vuelvo a imaginar la mejor fiesta del mundo, la de las canciones que nos representan, tocadas ahí nomás, con el corazón --y un vaso lleno-- en la mano. Por eso, ya que estamos, los invito a mi humilde fiestita online, la que celebro con cada emisión del no-programa que preparo hace ya tiempo con la misma entrega y ganas de compartir, con o sin encierro, obligado o no. Si con este recuerdo logré entusiasmarlos con este disco grabado en una "fiesta" de Sloan, sepan que --como todo el resto del primer Música Cretina del año-- no está en Spotify. Pero por ahí pude ver que algún alma generosa lo ha subido completo a YouTube. Mientras tanto, dejo en los comentarios el link al no programa para quienes quieran escuchar al sol de este jueves otoñal la mejor música que tengo para darles. Siempre Cretina, claro. Ah, y no desesperen. Ya seremos dignxs y viejxs alguna vez.

viernes, 3 de abril de 2020

Música Cretina 2020 #1

ESTO NO ES UN PROGRAMA

21-3-2020

Lado A

“No te quieren en el cielo/ ni tampoco en el infierno”

1.- Quasi, The poisoned well
2.- La Celda, Seguridad (Los Estómagos)
3.- Danny Cohen, Palm of my hand
4.- Paula Trama, La cola
5.- Adicta, No te dejes caer (Los Brujos)
6.- Jonny Polonsky, Love lovely love
7.- Jonathan Richman, Surrender
8.- Julio Bustamante, Sur del corazón

Lado B

“De nada sirve llorar/ mejor fumar y esperar”

9.- Tiger, Shining in the woods
10.- José Carbajal, Retornando
11.- Freedy Johnston, The mortician’s daughter
12.- Emmanuelle Parrenin, Nulle part
13.- Ambrosía, Lluvia dorada (Sergio Pángaro)
14.- Otis Leavill, Gotta right to cry (Curtis Mayfield)
15.- Rosario Bléfari, Te extraño (Flema)
16.- Sloan, Dignified and old (The Modern Lovers)

Escuchar

jueves, 2 de abril de 2020

Rafael Berrio (1963-2020)

Dadme al clarear lo que es mío/ dadme la vida que amo

Releo estos versos y se me pone la piel de gallina. Porque su autor se llama Rafael Berrio, y la noticia es que acaba de morir en San Sebastián, a los 56 años, víctima de un cáncer de pulmón. La frase es del tema que abrió su último disco, Niño futuro, que salió a fines del año pasado, bautizado simplemente como Dadme la vida que amo. Ni futuro ni vida entonces, pero amar seguro. A fin de cuentas, de eso hablan las canciones de Berrio, del amor a las cosas, a la vida, incluso a la nada. Romántico existencialista de ausencias y carencias, Berrio supo ser como autor de canciones —al menos en el último tiempo— un cronista de la vida en retirada, y de los que corren hacia el fuego. Pienso ahora que seguramente ese último disco lo compuso y grabó sabiendo que esa vida que amaba pendía de un hilo, que quizás no tendría días por delante. Pero todos los temas del último acto de su carrera tienen esa impronta, dedicados a la añoranza de lo perdido, o la resignación ante lo que nunca vendrá. Rendir culto al absurdo/ sentir hondamente la nada, cantó en Niente mi piace. Todo lo he visto/ de todo me acuerdo, es el arrebatador estribillo de Mis ayeres muertos. Por la florida paz/ en gloria que estén ellos, se le escucha rezar en Santos mártires yonquis. No me haré de rogar con despedidas interminables/ pues sólo lamentaré perder a las mujeres que amamos, canta en el tema titulado justamente Las mujeres que amamos, carta de presentación de 1971, el disco con el que, diez años atrás, supo reinventarse como una suerte de cantautor a la francesa, gracias a los arreglos y la producción de Joserra Senperena, que reforzó el carácter lírico de su obra. Justo fue Senperena el que dió a conocer la mala nueva ayer al mediodía español, a través de las redes sociales, con una breve despedida. Luego de completar un díptico a sus ordenes con el disco Diarios, le seguiría el más rockero Paradoja, y por último su canto del cisne, Niño futuro. Leo por ahí que hasta hace un par de semanas atrás estaba intentando dejar grabado un álbum más, pero sólo llegó a registrar cinco temas, en los cuales sólo alcanzó a poner la voz en tres de ellos. También que, alentado por su admirador Jonás Trueba —que lo incluyó en su película La reconquista— y el sello La Veleta, estaba recopilando sus letras para publicarlas en un libro. No será posible devolverte lo amado, admirado Rafael. Dadme la vida que amo: No la límpida estancia tras de los visillos, ni el haz de tibio sol sobre el regazo, sigue explicando en aquel tema que abrió su último disco. Y enumera: El signo variable de las intemperies/ El vagar errante y solitario. /El alma elevada en los alcoholes fuertes. /La fiereza en los ojos deslumbrados. Lo que ama Berrio es lo que afirma que es suyo, y que se le debe. El aire de una tonada en el pensamiento/ El espíritu burlón y contentado/ La ocasión del hurto en las vueltas del camino/ El ladrar del perro tras los alambrados. Todo lo que le ha sido llevado ayer al mediodía de San Sebastián, y detrás de lo que ha ido. Toda la poesía de la perdición/ y en la hora señalada el bello gesto. Buen viaje, don Berrio. Y estaremos atentos para recordar amar la vida que amaste. Y deberíamos amar todos.

miércoles, 1 de abril de 2020

Danny Cohen, "Palm of my hand"

Alguna vez te tuve/ en la palma de mi mano

Se los presento: el señor que en la foto parece estar esperando pacientemente que lo dejemos entrar a nuestro necrosario se llama Danny Cohen, y es uno de los mejores ejemplos de este primer Música Cretina del 2020, orgullosamente spotify free. En realidad la música del buen Danny está libre de todo, no sólo de la plataforma en cuestión, porque el tipo viene dando vueltas desde hace mucho tiempo —es un contemporáneo de Frank Zappa, digamos— pero no hay muchos que puedan ubicarlo claramente en el mapa. Cuando apareció hacia mediados de la primera década de este siglo publicando sus discos en Anti, el sello que supo ser el hogar de Tom Waits —de hecho fue Tom, un entusiasta de su música, el que lo presentó allí—, la prensa musical empezó a escribir sobre él y todos los artículos justamente se quejaban de eso, de lo difícil que era conseguir información, leer alguna nota, saber quién era este otro Cohen, not Leonard related. Leo por ahí, por ejemplo, que el tipo puso un pie en este negocio a comienzos de los 60, al frente de una banda llamada Charleston Grotto, cuyo estilo era lo suficientemente rústico para la época como para que hoy diga que fueron pre-punks. De hecho, la anécdota que más le gusta contar es que fueron prohibidos en los lugares donde solían tocar porque tenían un tema llamado Disco diarrhea que incluía una representación con torta de chocolate arriba del escenario, pero parece que sus fans decidieron ser, ejem, más literales en los baños y entonces se acabaron los shows para los Charleston Grotto y sus fans. Vaya uno a saber cuánto de verdad hay en esa evocación, pero poco hay de ese explícito espíritu punk en los discos que Cohen sacó por el sello Anti, aunque el desafío, la libertad y la heterogeneidad siguen ahí, por supuesto. No es casualidad que el primero de sus compilados durante aquella reinvención de sí mismo, uno que sacó por las suyas, antes de entrar al sello Anti, llevaba por título Self Indulgent Music, o sea Música Autoindulgente. A un grado de separación de Música Cretina, ¿no les parece? Por lo que se puede ver en las redes, Cohen sigue dando vueltas por ahí. Ha seguido sacando discos, de hecho, otra vez por su cuenta, todos digitales, y en diversos estados de low-fi. Los que editó por el sello donde lo llevó su amigo Tom aún siguen siendo donde mejor despliega su particular oido musical, uno que mezcla una orquestación digna de Van Dyke Parks con una voz que puede recordar tanto la delicada emotividad de Daniel Johnston como las gárgaras de lata del buen Waits. Los inconseguibles que brillan en mi discoteca llevan por título Dannyland o We´re all gunna die, que reflejan muy bien tanto la naturaleza del artista como la del mundo en el que vivimos diariamente. Pero para este primer no-programa del 2020 preferí la sensible intimidad de un tema del que tal vez sea su disco más accesible, Shades of Dorian Gray, en el que evoca el despertar de un estupor como aquel terminal de Dylan Thomas, titulado Palm of my hand. En esa palma que alguna vez lanzó contra las paredes los detritos de su alimentación, también cabe el amor por un mundo o la evocación del mismo, al borde del llanto y de la memoria que es la que nos sostiene en un presente que es solo eso, ni pasado ni futuro, apenas presente y no regalo. Gracias Danny por tanto y por tan poco. Gracias por las canciones y por la música que alcanza a habitar un domingo tan ausente. Y si es Cretina, mejor.

sábado, 28 de marzo de 2020

José Carbajal, "Retornando"

Sos la cosa pura/ que ha quedado en mí

El que canta es el uruguayo José Carbajal, más conocido como El Sabalero, y su canto forma parte del primer Música Cretina de un año que no alcanzó a empezar que ya parece haber terminado. O al menos está en pausa. Como un cassette, como un compact, como un download. Es un concepto —una tecla— que conocimos recién luego del vinilo. Porque un vinilo, como el tiempo, no puede estar en pausa. Todo lo que realmente está vivo, que deba moverse —aún sobre sí mismo, como los cuerpos celestes— para dejar huella de ese movimiento, no entiende ese concepto. La frase dice que la naturaleza no concibe el vacío, y lo mismo sucede con el tiempo: nunca se detiene. Se estira, se acorta, pero sucede. Lo mismo con nuestras vidas, con nuestra cabeza y con esa música que suena todo el tiempo, la música de nuestros días y nuestras noches, la que nos acompaña y nos acompañará desde nuestra memoria y nuestras ganas de saber que habrá futuro para llenar de música, o viceversa. Que si habrá música habrá futuro. No tengo respuesta para ninguna de las preguntas que puedan nacer de semejantes ideas, pero lo que puedo decir es que aún hay un Música Cretina para descubrir y así sacarle la pausa a este fin de semana, al menos por un rato. Como les decía, se trata del primero del 2020, y antes de saber cómo seria el año ya sabía como sería ese no-programa inaugural: sería lo que es, un Música Cretina totalmente Spotify free. O sea, nada de lo que suene acá lo podrán encontrar allá, donde muchos imaginan que está todo. Y el que elijo dejar sonar mientras escribo esto durante este mediodía de sábado es al Sabalero, un auténtico personaje de la música popular uruguaya, un cantautor avasallante, popular, dueño de un vozarrón capaz de las ternuras más simples, de una mirada de pueblo que se hace guitarra, pero que no imposta multitudes sino que es capaz de esbozar intimidades al tiempo que convoca a la reunión, a juntarse, a cantar reconociéndose, a la voz y la alegría colectiva. Si bien su música, sí, puede encontrarse en Spotify —hay discos hermosos, como el que me hizo descubrirlo, Angelitos, una extraordinaria grabación en vivo, con Jaime Roos en el bajo— , no aparece un álbum de título contundente, emocionante, excesivo y apropiado para estos tiempos: Abre tu puerta vecino y saca al camino tu vino y tu pan. Es un trabajo que el Sabalero grabó de este lado del charco en el año 1972, y hasta hace muy poco nunca había sido reeditado. Es un orgullo poder tener en mi discoteca la edición de Ayuí, que incluye el texto original que lo acompañaba, en donde Carbajal evoca “el olor a tinta de los diarios montevideanos, el café en los boliches de la aduana, la llovizna en los adoquines y los vinos silenciosos en el Mercado del Puerto”. Aquella melancolía de lo lejano y a la vez tan cercano es casi la que podemos sentir encerrados en esta nueva cotidianidad forzada, así que hay que apurar el trago, y hablar de ese temazo escondido en un disco lleno de clásicos del Sabalero, temas como Yacomenza o No te vayas nunca, Compañera. La canción que sentirán saltarles al cuello apenas empezado en Lado B se llama Retornando, y evoca la pureza y el desengaño de un amor de adolescencia, al que están dedicados los versos con los que arranca este post. El vino no trae las penas/ las penas las traigo yo, canta el Sabalero, que acabo de descubrir que en octubre de este año en pausa hará ya una década que no está entre nosotros. Vaya la sorpresa que me pegué cuando, abriendo alguna caja olvidada, encontré su nombre y dirección escritos de su puño y letra. Y recién entonces me acordé de haberlo entrevistado para el diario, en un camarín pequeño, antes de que subiese a tocar en Buenos Aires, en un boliche lleno de sus compatriotas que no se por qué lo evoco por el barrio de Once. Después de la entrevista nos debimos haber quedado charlando en ese tiempo perdido antes del show, y calculo que, como por aquella época yo andaba planeando un viaje por Europa, a pesar de ser casi un desconocido me pasó su dirección en Amsterdam, por si terminaba por ahí. Te debía una visita, Sabalero. Así que acá estamos, en cuarentena, pero abriendo la puerta, y con el vino y el pan afuera, en el camino. Retornando.