Para Robyn Hitchcock el tiempo no corre siempre al mismo
tiempo. A veces se acelera, a veces se detiene. Creo que lo comentó más de una
vez en una pizzería de Caballito, cuando habíamos terminado con la larga
Expedición Tranvía bajo el murmullo de “caféeeee... caféeeee”, como zombies
pidiendo cerebros, al promediar un sábado que –por suerte—casi se había
detenido y que no iba a terminarse jamás. De hecho, apenas nos sentamos en La Argentinatta
(así se llamaba el lugar, créase o no), en vez de pedir volver a su hotel,
Robyn dijo: “Hagamos de esto una comida”. Y se puso cómodo, mientras intentaba
descifrar la carta, que prometía algo como “haga su propio wok”. “Wok like an
egyptian”, dijo alguien, y Robyn no pudo reprimir una carcajada. Sin dejar de
llenarse la boca con palabras como berenjena o zanahoria, difíciles de
pronunciar para un angloparlante. Sonaba Oasis, y Robyn explicó que su música es
como algunas de las canciones infantiles de Los Beatles. Los chicos cantan
Submarino Amarillo, y también Wonderwall. No se si fue Horacio o Hans el que
mencionó a Coldplay y Robyn confesó que no los consideraba música. Dijo que no
entendía cómo un grupo musical se podía llamar de esa manera. Cold (Frío) y
Play (Tocar) no pueden estar asociados y dar como resultado algo bueno, al
menos en la música. “¿Es que nadie se da cuenta? “, se preguntó, divertido, sin
dejar de inspeccionar el menú.
La Argentinatta es un nombre más que oportuno, si se tiene en cuenta que Robyn decidió usar el italiano –o todo lo que sabe de él— para presentar sus canciones en sus shows por acá. Me lo había anticipado por mail, cuando yo me disculpé por mi inglés: “Esperá a escuchar mi castellano: ¡Es italiano!”. Caímos ahí después de una larga jornada que empezó cuando Robyn decidió aceptar la invitación de ir dar un paseo en el Tranvía Histórico de Buenos Aires. La idea en realidad fue suya, ya que fue lo que destacó cuando le pregunté para la nota que salió en Radar por lo primero que había pensado cuando le dijeron de tocar en Buenos Aires. “Un amigo mío vivió diez años allá, y quiero ver cómo encaja con su descripción”, fue su respuesta completa. “Los aromas, la comida, el ángulo de la luz del sol y las formas de los edificios. Las terrazas. ¿Todavía tienen antenas en las terrazas? ¿Todavía tenemos antenas en Londres? ¿Se puede fumar cerca de los bares? ¿Qué clase de queso prevalece? ¿Hay mucho chicle pegado en las veredas? ¿Qué tan grande es la división entre los sexos? ¿La historia está viva o es boutique?”. Desconozco si se fue de Buenos Aires con una respuesta para todas sus preguntas, pero al menos nos encargamos del tranvía.
Todo empezó en el bar preferido
de Robyn, el Tea Connection de Recoleta, en la calle Montevideo, en el que se
sentó apenas llegado a Buenos Aires y escuchó a Nick Drake. A partir de entonces
no dejó de volver. Con él estaban sus acompañantes permanentes: su anfitrión
Felipe, y su hermano Horacio junto con Hans, estudiantes de cine decididos a
hacer una película con el viaje de Robyn, y por lo tanto filmándolo todo el
tiempo. Felipe es el dueño de un bar en Montevideo llamado La Ronda. Si uno va
a Montevideo, siempre termina en La Ronda. Especialmente si le gusta la música.
La Ronda tiene un negocio al lado llamado Cheesecake Records, que supo ser una
disquería y hoy funciona como extraño agregado al bar. En La Ronda hay una
pared con vinilos, que se van renovando. Y siempre hay uno sonando en el equipo
de música. Con un masticable de carne y una cerveza –un vaso de vino blanco en
el caso de Ana, o un Fernet en mi caso—se puede decir que uno es feliz. Felipe
le contó orgulloso a Robyn que sus discos siempre estaban en esa pared de La
Ronda.
Cuando llegamos al Tea Connection con Ana –que se convirtió
al Robynismo con la primera canción que escuchó--, la Tribu Hitchcock aún no
había empezado a almorzar. Ni Robyn lucía la camisa negra con lunares blancos con
la que salió para los bises del Samsung, ni Ana la pollera con los mismos
motivos que había merecido los elogios del cantante después del show –y el
chiste de que en una de esas quisiera probarse el atuendo completo--, pero
igual nos hicimos amigos inmediatamente. Robyn se pidió su té, y celebró haber
recuperado el equipaje que la compañía aérea le perdió apenas llegado de
Londres. Lo que hizo que tuviese que vivir cuatro días con la misma ropa, todo
el tiempo que estuvo en Montevideo, una ciudad a la que describió como semi-vacía,
habitada por apenas siete personas que se conocen todas entre sí. Como Hitchcock
es el hombre de las camisas llamativas, su chofer montevideano tuvo el buen
tino de prestarle una de las suyas para los shows en el Lindolfo, con bordados
tipo country. Robyn la lució con orgullo ambas noches. Decidido nuestro destino
post Tea Connection, Robyn y Felipe se despidieron del lugar dejando de regalo
el último de los discos que quedaban de los que trajo para vender en este
viaje. Así Nick Drake quedaba en buena compañía.
La Argentinatta es un nombre más que oportuno, si se tiene en cuenta que Robyn decidió usar el italiano –o todo lo que sabe de él— para presentar sus canciones en sus shows por acá. Me lo había anticipado por mail, cuando yo me disculpé por mi inglés: “Esperá a escuchar mi castellano: ¡Es italiano!”. Caímos ahí después de una larga jornada que empezó cuando Robyn decidió aceptar la invitación de ir dar un paseo en el Tranvía Histórico de Buenos Aires. La idea en realidad fue suya, ya que fue lo que destacó cuando le pregunté para la nota que salió en Radar por lo primero que había pensado cuando le dijeron de tocar en Buenos Aires. “Un amigo mío vivió diez años allá, y quiero ver cómo encaja con su descripción”, fue su respuesta completa. “Los aromas, la comida, el ángulo de la luz del sol y las formas de los edificios. Las terrazas. ¿Todavía tienen antenas en las terrazas? ¿Todavía tenemos antenas en Londres? ¿Se puede fumar cerca de los bares? ¿Qué clase de queso prevalece? ¿Hay mucho chicle pegado en las veredas? ¿Qué tan grande es la división entre los sexos? ¿La historia está viva o es boutique?”. Desconozco si se fue de Buenos Aires con una respuesta para todas sus preguntas, pero al menos nos encargamos del tranvía.
Aquella tarde montevideana en la
que me acompañó inesperadamente a ver un extraño homenaje al Darno en el Solís,
Felipe ya me había adelantado que pensaba traer a Robyn. Se había contactado
con él via Ken Stringfellow, otro músico amante de la música y todo lo que
viene asociado a ella --y a ese amor por ella-- que supo visitar Montevideo (y
también Buenos Aires, invitado por los... ¡Super Ratones!). Felipe estuvo un
año carteándose con Robyn, hasta que se concretó su viaje. “¿Y? ¿Estás
contento?”, le pregunté antes de que empezase el show del Samsung, y Felipe se
burló de mi pregunta. Pero el Tussi nos contó que nunca había visto a Felipe
tan contento como después del debut de Robyn en Montevideo. “Se abrazaba con
todos los que salían del Lindolfo”. Grande Felipe. Gracias por Robyn, bo.
El Tranvía Histórico de
Buenos Aires circula por las calles del barrio de Caballito durante los fines
de semana y los días feriados. Los sábados de tarde, los domingos también de
mañana. Apenas nuestra comitiva llegó a Emilio Mitre y José Bonifacio, donde
está situada la única parada de su recorrido circular, apareció el tranvía. La idea era
filmar la visita para la película de su viaje, pero además Robyn explicó que
tiene algo así como un tranvía musical en su site, y le gustaba la idea de
tener material nuevo para subir después de abandonarlo por casi dos años. Los
responsables del tranvía deben ser las personas más amables del mundo, eternos
niños que juegan con juguetes tamaño real. No sólo disfrutaron con el
despliegue musical y fílmico, sino que luego nos invitaron a recorrer el taller
de la asociación. "Esto hubiese sido imposible en Londres", se maravilló Robyn. "Enseguida nos hubiesen venido a decir que no teníamos permiso para filmar. ¡Y mucho menos tocar!" Uno de los socios de la entidad, que nos descubrió en el tranvía (hicimos
dos vueltas, con Robyn cantando I often dream of trains y Baby you’re a rich
man, entre otras) cuando se subió para ir a la ferretería a comprar un pincel,
nos llevó por el taller, de vagón en vagón, explicando la historia de cada uno en un perfecto
inglés, mejor guía imposible. Allí Robyn aprovechó para hacer otras canciones
ante la cámara, como Trams of old London y una conmovedora versión de She
doesn’t exist anymore. “No la suelo tocar nunca”, me dijo después de que le confesase
que me tuve que contener para no hacer los coritos. Y agregó: “Los hubieses hecho.
En la versión de Perspex Island los hace Michael Stipe”.
Además del tranvía que pasea por las calles de Caballito y del depósito lleno de una decena más de coches, la Asociación de Amigos del Tranvía tiene una biblioteca-museo, y hacia allí caminamos. Hay modelos a escala, un mapa con todas las líneas de tranvía porteñas, un maniquí vestido de guarda de tranvía –“¿Qué hacías antes de hacer esto, Eugene?”, le preguntó Robyn al maniquí, haciendo monerías para la cámara—y una amplia biblioteca, que incluye una carpeta llena de hojas y memos sobre cada línea. Robyn quiso mirar uno de esos monumentos a la burocracia, recorriendo la historia hacia atrás. El tiempo, siempre el tiempo. Intentó leer en voz alta el castellano florido de uno de los informes del año de su nacimiento, 1953. “No hay caso, sólo podemos vivir en el presente”, dijo después, ya en el café. “Pero sólo podemos saber si ese presente que vivimos es algo especial recién cuando sea pasado. Algo que sucederá, por ejemplo, cuando recordemos esta tarde en el futuro”.
Además del tranvía que pasea por las calles de Caballito y del depósito lleno de una decena más de coches, la Asociación de Amigos del Tranvía tiene una biblioteca-museo, y hacia allí caminamos. Hay modelos a escala, un mapa con todas las líneas de tranvía porteñas, un maniquí vestido de guarda de tranvía –“¿Qué hacías antes de hacer esto, Eugene?”, le preguntó Robyn al maniquí, haciendo monerías para la cámara—y una amplia biblioteca, que incluye una carpeta llena de hojas y memos sobre cada línea. Robyn quiso mirar uno de esos monumentos a la burocracia, recorriendo la historia hacia atrás. El tiempo, siempre el tiempo. Intentó leer en voz alta el castellano florido de uno de los informes del año de su nacimiento, 1953. “No hay caso, sólo podemos vivir en el presente”, dijo después, ya en el café. “Pero sólo podemos saber si ese presente que vivimos es algo especial recién cuando sea pasado. Algo que sucederá, por ejemplo, cuando recordemos esta tarde en el futuro”.
Lejos de
ser especial, todo lo que comimos en La Argentinatta fue de medio pelo. Salvo el
café con leche y el tostado, hay que ser justos. Pero Robyn fue amable, ni
siquiera se quejó del wok sin alma en el que buceó durante un buen rato. “Es
formidable”, se sorprendió. “Estuve comiendo un buen rato, y no parece
terminarse jamás”. De allí nos separamos nuevamente en dos taxis, y pusimos
rumbo a La Cigale, donde se había improvisado un show gratuito, para aprovechar
la noche que había quedado libre, ya que la fecha porteña finalmente fue solo
una. Cuando llegamos nos encontramos con la gente que se había reunido allí,
respondiendo al aviso del show en el programa de Alfredo Rosso, y también con la
novedad de que no había nada listo. Las bandas que tocarían esa noche estaban
recién probando sonido, y Robyn cerraría la velada. No antes de las dos de la
mañana, claro. Ni pensarlo. Pidió la primera botella de vino de la noche –quiso
rosado, no había, debió contentarse con un blanco—y decidió con Felipe que iba
a tocar ya mismo, entre las mesas. Y eso hizo. Bajaron la música del bar, y
tocó sin amplificación ante los fans ahí reunidos, que pedían cada tanto
silencio a los del fondo, que no debían saber qué era lo que estaba sucediendo.
Recuerdo una encantadora versión de Madonna of the Wasps, y –aunque es tema
lento, y era difícil convocar al silencio dada las circunstancias-- hasta me
honró con NY Doll, que le venía pidiendo
desde el día anterior.
Llegó el
momento de los bises, que cerró con She said she said, último tema del lado A de
Revolver, o al menos así lo anunció. ¿Cerró dije? Nada de eso. Cuando se empezó
a escuchar la música de la demorada prueba de sonido desde el piso de arriba, haciendo imposible continuar con
la guitarreada, Robyn decidió que cantaría desde el balcón, así que su público
bajó a la calle. Después de Un día en la vida, otro Beatles, decidió que lo
mejor era bajar. Sin dejar de tocar la guitarra –acompañándose por una versión
apropiadamente callejera y coreada festivamente por todos los presentes de I’m
waiting for the man—caminó hasta mitad de cuadra, donde las escaleras de un
edificio corporativo hicieron de improvisado anfiteatro para una sucesión de
bises, un recital en sí mismo. Rodeado por unas ¿treinta? ¿cuarenta?
¿cincuenta? personas, todas con una maravillada sonrisa de incredulidad pintada
en sus rostros, Robyn tocó Dylan, tocó Bowie, tocó Robyn. Lo que mejor recuerdo
fue una mágica versión de Tangled up in blue, que a esta altura Robyn canta
mejor que Dylan. Seguro que, al menos, la respeta y honra mucho más que el
viejo Bob cada vez que decide cantarla.
Cuando
volvimos a La Cigale buscando una nueva botella de vino, Robyn me confesó que
no podía parar, que una canción lo llevaba a la otra, que nunca solía hacer
nada como eso. Estaba contento. Mientras fumábamos y bebíamos en el balcón se
acercaron a invitarlo a tocar un par de temas eléctrico, en el escenario del
segundo piso. La prueba de sonido ya había terminado. “Muchas gracias, pero
creo que ya di todo”, respondió, educado. Pero aunque la noche parecía haber
terminado, Robyn todavía tenía mucho para dar. Como queríamos beber y fumar
terminamos en el tan coqueto Milion, pensando en su patio. Pero cuando decidió
sacar la guitarra para cantar una tema de Bryan Ferry vinieron a prohibirle insistentemente
no sólo cantar, sino también que lo filmasen. Así fue como terminamos en el
departamento de Horacio, dando cuenta de lo que quedaba de un JB y un
cognac Reserva San Juan, además de una nueva botella de rosado que apareció a
último momento. Ahí siguió la guitarreada, pero dada la hora –y una entendible queja
de la vecina del piso de abajo—se decidió muy civilizadamente que los temas
debían prescindir de marcar el ritmo en el piso. Le exigimos un Barrett (“Uno fácil,
Dominoes”, aceptó), Horacio le mostró la versión de Wonderwall de Ryan Adams (y Robyn hasta se prendió en algún coro, debía estar demasiado borracho), hizo una alucinante Visions of Johanna de madrugada, e incluso un
apropiado End of the night, de The Doors, que cantamos con Robyn casi mejilla a
mejilla.
Pero la
estrella del final de la noche fue Ana, que deslumbró a Robyn. Cuando arranca
motores no hay quien la pare, y semejante noche necesitaba a alguien a todo
vapor. “Una más”, dice como acto reflejo ante cualquier botella vacía, sin
preocuparse por la hora o el lugar. “Parecés una persona muy libre”, le dijo
Robyn, y su respuesta lo maravilló. “Eso es porque de niña fui una chica controlada,
una Roger Waters de cinco años”, le explicó Ana. “¡No había escuchado nunca a
nadie decir eso de sí mismo!”, la celebró Robyn, que acababa de contar que no,
no había visto a Nick Drake (“¡Nadie vio nunca a Nick Drake!”). Pero que había
compartido un roadie que había trabajado con el primer Pink Floyd que le dijo
que, ante semejantes control freaks como Joe Boyd o Roger, cualquiera hubiese
terminado igual que Syd. Felipe estaba contento, pero cansado. “Se destapó
Robyn”, diría después, explicando que las noches anteriores ni había tocado el
alcohol y se había siempre acostado temprano. “Es el final del viaje”, me señaló Robyn cuando lo acompañé a comprar esa última botella de vino rosado. Al día
siguiente viajaba a Tucson, a encontrarse con su novia, pero también con Howe
Gelb, el líder de Giant Sand. Le dije que le mande saludos de mi parte de Howe.
Me dijo que le contaría que tenía un fan en Buenos Aires.
Antes de
que la salida del sol terminase con la guitarreada, Ana se había llamado al
orden –después de arrancar a cantar un par de veces Pajarillo barranquero, sin
mucho éxito (¡La canta Joan Baez!, se justificó)—intentando mantener una
manzana en equilibrio sobre su cabeza. Pero lo hizo con tanto éxito, que empezó
a moverse por la diminuta cocina, siempre manteniendo la manzana en equilibrio.
Era ese momento de la noche en el que cualquier cosa puede pasar, porque nada
importa realmente. “¿Por qué la manzana?”, le pregunté y no le dejé casi que me
respondiera. “Porque puedo”, nos respondimos al unísono y con una sonrisa.
Robyn estaba maravillado. Sacó su celular y le hizo unas fotos. Después le
dedicó I just don´t know what to do with myself, y a partir de entonces creo
que somos todos amigos para siempre. Aunque nunca nos volvamos a ver.
Por eso escribo estas líneas,
para tratar de no olvidarme de nada. Para que el tiempo pase más lento, y se
detenga en alguno de estos recuerdos. No tomé nota de nada de lo que sucedió
esa noche, esto no es periodismo, ni nada que se le parezca. Es simplemente un
ayuda memoria, algunos apuntes, un rezo. Para llegar a los sesenta años con el
amor por lo que uno hace y la curiosidad por los demás que tiene un tipo como
Robyn Hitchcock. Tengo cuarenta y cinco, estoy cerca. Pero todavía falta.
Gracias Robyn por mostrarme que se puede. Que un perdedor es alguien que a
veces gana. O gana en cada ‘a veces’, como la traducción para Sickie Boy que
sugirió el Tussi. Que piensa lo mismo que yo.
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