Porque es una ciudad de celofán, y todos saben/ No hay secretos, ninguno/ Así es como es/ Ciudad de celofán, intentá todo lo que quieras/ No hay secretos, ninguno/ Está todo a la vista
Buen día, día de sol. Un domingo ideal para el título de este
tema algo olvidado de Almendra –está casi afuera del canon, es de El valle interior--,
y también para recordar este tema de Steve Forbert, aunque tenga un espíritu más
bien nocturno. La primera vez que escuché hablar de Forbert fue, justamente,
con este tema. No sabía que había sido considerado –como tantos otros en los
setenta—el nuevo Dylan, o que era apto para encabezar una versión norteamericana
de la new wave inglesa, como señala Bill Flanagan en las excelentes liner
notes del indispensable What kinda guy?, the best of Steve Forbert, citadas
profusamente en una nota que publiqué en Radar hace ya demasiado tiempo. No
sabía nada de lo que escribí en esa nota, digamos. Lo único que sabía es que
ese tema abría con un particularísimo fade in, y se iba de golpe, dos cualidades indispensables
para sobresalir en la radio (y que mientras duraba no podías dejar de mover la
patita, claro).
Era una de las tantas rarezas que se podían descubrir entre los
discos de Daniel Ladogana, el primer programador de Piso 93, después de que el programa
del Rafa Hernández saliera de la órbita de Bobby Flores. Ladogana era un
personaje raro. Había sido programador de la vieja Radio Del Plata, donde se
inventó la FM argentina, cuna de cierto sorprendente “buen gusto” radial porteño
que recién se llegó a empezar a arruinar con la llegada de FM Horizonte. De
hecho, para mí, pichón de periodista de rock entonces, al curiosear entre sus
discos –o los de Bobby Flores, llegado al caso—siempre podía llegar a encontrar
una sorpresa. Porque en la bolsa de Alfredo Rosso, Sergio Marchi o Claudio Kleinman,
referentes históricos, colegas y amigos de toda mi vida –y posteriores
musicalizadores del Piso—siempre hubo maravillas, pero todas imaginables. Como
un astrónomo ante la aparición de un cometa dentro del sistema solar, mucho
antes que pudiesen ser vistos desde tierra uno ya sabía de su órbita y
trayectoria. Eran siempre, y en el mejor de los sentidos, esperables. Incluso
las sorpresas. Pero las estrellas fugaces de Ladogana aparecían de golpe. No
las podías ver venir. No te esperabas algo así, al menos. Viniendo de ese lado. O al
menos eso era lo que me pasaba a mí en ese tiempo de aprendizaje. Y es lo que me
pasó con Forbert, que a partir de entonces pasé a enarbolar como una bandera.
Aunque antes debí juntar material.
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