Música Cretina es un no-programa online que intenta mantener cierta regularidad. Sus últimas entregas musicales se pueden escuchar en los players que se encolumnan aquí debajo. Además, hay muchos más no-programas listos para escuchar en nuestra página de Mixcloud. También disfrutamos mucho de explayarnos sobre los temas incluidos en cada emisión: son las historias que contaríamos al aire de ser, efectivamente, un programa.

Idea, conducción y textos: Martín Pérez

musicacretina@gmail.com

miércoles, 21 de agosto de 2019

Mauricio Redolés y Los Ex-Animales Domésticos, "Amor carretiao"

Volveré a sentir/ a mi amor carretiao

Lo presenté mil veces, hace rato que es un Cretino honorario, es más: tal vez sea posible considerarlo como el Cretino original. Por eso es que no podía faltar en el último no-programa, programado exclusivamente con tesoros de mi discoteca: pasen y búsquenlo, suena casi al final del lado A. Se llama Mauricio Redolés, es chileno, y tengo la suerte de que sea mi amigo. Pero además es algo así como el heredero natural de Nicanor Parra, poeta y músico, cantante popular y también rockero, fan de Dylan y Los Lobos, sobreviviente de las catacumbas del pinochetismo y de su posterior exilio londinense, orgulloso comunista que renegó públicamente del partido en un himno inmortal y épico como ¿Quién mató a Gaete? ("los cuetes, los cuetes"), arqueólogo del presente e incansable buscador de tesoros en el lenguaje popular, algo que lo ha convertido en un héroe inmolado en largas batallas con la paspada massmedia chilena, y que también sabe ser prohibido no sólo en televisión sino también en las inmaculadas bibliotecas por culpa de unos versos que hablan de ‘viejos culiaos’. ¿Les suena? Son esos que no creen en nuestro amor, en la rebelión punk o que en un poema se pueda decir viejo culiao. Sí, cretinxs míxs: el amigo Mauricio es el que cada tanto —o cada mucho— aparece desde hace tiempo recitando sus poderosos poemas entre lado y lado de cada no-programa. Me encanta programar sus temas, mostrar sus discos, y también exhibir como condecoraciones fotos como ésta de acá arriba, en la que estamos en su casa en Cueto, en el barrio Yungay, algo así como el San Telmo de Santiago de Chile. Ahí estoy luciendo un corte de pelo que se parece al que estrené ayer, pero unos 20 años atrás, recién cortado también entonces, pero en la mítica Peluquería Francesa, que no se si aún existe, que exhibía enmarcado en su pared un histórico recorte de diario que detallaba un accidente que sufrió el negocio, cuando un auto se estrelló en su portal, noticia que fue memorablemente titulada como “Peluquero se salvó por un pelo”. Entre Mauricio y yo disfruta como loca Beta Pictoris, la entusiasta perra de aquel hogar, y el que sacó la foto seguro que fue el Sebas, su hijo, un pequeñín entonces que autografió junto con su padre mi compact del Gaete. Además de ser hoy un músico por derecho propio, Sebastián por estos días asiste con ternura y cariño a Mauricio en la milagrosa recuperación del ACV que casi lo saca de la cancha un par de años atrás. Una resurrección que en mi último viaje a Santiago compartí con Alvaro y la Carla, esperando ver los restos de un Mauricio recién recuperado y feliz si sólo se tratase de ello. Lo que vimos en cambio fue a un rocker de bastón pero que comandó un show vibrante, que fue una auténtica fiesta de comienzo a fin. Fuimos a saludarlo con Bisama, pero el hueón estaba tan emocionado que no soportó esperar a que Mauricio terminase de firmar y sacarse fotos con todos y cada uno de los que habían comprado sus discos o libros, para que pudiese presentarlos como corresponde. Yo me quedé, claro, y entonces hubo abrazos, hubo presentaciones, recuerdos y también promesas, todo sazonado con el humor redolesiano de siempre. Me fui cantando sus temas, como siempre me pasa cada vez que voy a Santiago y hay disco nuevo o algún show, y entonces me divierto mencionándolo ante el chileno de turno con el que me cruzo en mi viaje a ver cómo reacciona. A esta altura todos ya me conocen, y también lo conocen a Redolés, así que no hay polémicas como la que alguna vez me hizo decirle a un chileno que no podía considerarlo como tal si no sabía quién era Mauricio. No se si durante la (tras)noche de un año atrás en el Club Comercio Atlético del barrio de San Diego, donde se presentaba la reedición en vinilo de Gaete, sonó este Amor carretiao, pero qué importa, qué interesa. Bailamos todos y todo, lo que sea, y Redolés bailó con nosotros. Para horror de los viejos culiaos de siempre, y celebración de nuestros culos sucios que disfrutan a rabiar de sus versos y sus canciones auténticamente chilenas, mal que le pese a los defensores de la castidad del idioma. Y la economía, claro. Porque de eso se trata. Siempre.

viernes, 16 de agosto de 2019

Alejandro Ferradás, "Nombre de bienes" (Eduardo Mateo)

Se los presento: el tipo de la foto es uruguayo, se llama Alejandro Ferradás, y hace dos años se mandó un disco extraordinario que —al menos hasta donde yo se— nunca fue celebrado como se merece. Estoy hablando de Canciones aferradas, un álbum de versiones que funciona como un catálogo de lo mejor de ese milagro que supo ser la canción urbana montevideana de fines del siglo pasado. El bautismo del disco, justo es decirlo, lejos de honrar el trabajo se parece más a una broma resignada, que mira para adentro en vez de invitar a pasar a los de afuera, pero su contenido es admirable. Acompañado por una banda que incluye la guitarra de Santiago Peralta, de Eté & Los Problems, Ferradás logra rockear por un impecable repertorio que termina resultando contundente y mágico, reinventando los temas elegidos y amalgamándolos alrededor de un sonido poderoso, homogéneo y seductor. Antes de que llegase este disco a mis manos Ferradás ya merecía un monumento, por haber sido casi el responsable del último disco del Darno, ese El ángel azul tan crepuscular que, sin embargo, lejos de ser apenas una sombra de lo que había sido su autor aún hoy funciona como una despedida con toda su estatura y gloria. Lo sabía, también, como parte de Los Kafkarudos, pero googleando antes de escribir estas líneas —una de las cosas que más disfruto, tanto que a veces pienso que hago todo esto sólo para tener la excusa perfecta para perderme link tras link— acabo de descubrir que formó parte de un grupo llamado Séptimo Velo, que a pesar de ser apenas una nota al pie del rock uruguayo de los ochenta, en mi ranking personal forma parte del glorioso Lado A del compilado Rock Uruguayo Vol. 2, que tuve en cassette y supo ser mi kilómetro cero en esto de hurgar en el rock montevideano. Aún hoy recuerdo como Estamos mal, de Neoh 23 —pero la versión del compilado, eh, no la del debut del grupo, que llegué a comprar en vinilo y resultó no ser la misma—, me hizo creer que eran los mejores punks del Río de la Plata. Muchos de mis primeros abanderados orientales formaron parte de aquella "ensalada" (compilado, en uruguayo), como Los Traidores y sus noticias nacionales o La Tabaré de sigue siendo rocanrol (creo que incluso llegaron a sonar, sino en Piso 93, seguro en Resaca, aquel inaugural programa diario de FM La Tribu), y recién hice play en Usando mis pies de Séptimo Velo (gracias You Tube por todo lo que nos das), y descubrí que puedo cantar toda una letra que, como la música, lleva la sola autoría de Ferradás. Pero volviendo al disco que nos ocupa, es posible que tema por tema Canciones aferradas sufra de esa enfermedad degenerativa que son las comparaciones mano a mano. Porque algunos de los temas elegidos no son precisamente desconocidos, sino que tienen su bronce. Por eso es que es un disco que se pone con cuidado, casi con desconfianza, pero escucha tras escucha va cambiando la cara excesivamente atenta de su ocasional oyente hasta, primero, generar un leve asentimiento y relajamiento casi imperceptible de las facciones, para que, cuando no se puede dejar de volver a poner el disco una y otra vez, uno se termine descubriendo como fan entusiasta. Porque es posible que la versión de Entonces no sea mejor que la que hizo Dino hace no tanto, que parece digna de David Gilmour, y también que Nombre de bienes haya perdido toda esa locura mateística que —al menos en mi caso— aquí convocaba al dolor de cabeza para pasar a ser una canción rocker y de guerra. Y también por fin hay puño cerrado en Andenes, que en la versión de su autora sólo mostraba el comprensible autismo del shock ante un final inesperado. Todas decisiones estéticas que, individualmente, pueden ganar o perder según los gustos o los recuerdos de cada uno. Pero que, colectivamente, solo invitan a volver a hacer play y escucharlo de punta a punta. Decía antes que se trata de un disco que resume lo mejor de la cancion urbana de Montevideo del siglo pasado, pero también seguramente honra el recorrido y los gustos del propio Ferradás, un integrante de la generación del rock de los 80 que terminó formando parte de la guardia pretoriana del Darno, recorrido que le permite una mirada musical de 360 grados, al menos durante aquella época. Brindo por eso, y por el discazo que nos regaló, que rescata a Galemire, Ubal, Nasser y Dino, poniéndolos al lado de Jaime, Cabrera y Mateo, enhebrando a una generación que siempre fue más rocker que lo que la época dejó entrever, y que Ferradás logra unir en un puño cerrado con el que se puede amenazar a un tiempo que nos va carcomiendo poco a poco. Como corresponde y no queda otra, como piedra que rueda. Como un nuevo siglo que hasta ahora, y en todo lo que importa, no ha hecho mas que presentarse como más viejo que el anterior. Recuerdo un chiste de Mafalda en el que su protagonista se acercaba a un Miguelito perfumado, vestido de fiesta, y con flores en la mano, y le señalaba que el año nuevo venía por el otro lado. Hay que estar en todo, pensaba Mafalda. Y sí, hay que estar en todo. Y mientras esperamos que lo nuevo venga de una vez, sigamos disfrutando de la música que siempre nos ha hecho compañía. Música Cretina, claro. ¿De qué otra música podemos estar hablando?

miércoles, 14 de agosto de 2019

Rickie Lee Jones c/Joe Jackson, Show biz kids (Steely Dan)

Mientras los pobres duermen/ de noche salen todas las estrellas

Qué linda foto, ¿no? Estaba buscando una de la época en que Rickie Lee Jones grabó el tema de Steely Dan de donde sale el verso con el que arrancan estas líneas, pero de pronto apareció esta imagen y cómo resistirse. En ella se despliega la hermosura, la onda y la calle de la buena Rickie Lee con la que todos fantaseamos desde aquel inesperado debut, que data de la época que se sacaban chispas con un tal Tom Waits, pero por entonces sólo la conocíamos a ella, la chica del top 10 que sonaba en las FM porteñas, y que en vez de pasarse de distinguida se plantaba con eso que por entonces todavía no llamábamos aguante. Claro que, en vez de remontarnos a aquellos tiempos de la Texaco de la última oportunidad —y de Chuck E. enamorado—, el cover de Steely Dan data del año dos mil, casi veinte (!) años atrás, con la Jones intentando su enésimo retorno, en este caso con un hermoso álbum de versiones, titulado It’s like this, el segundo de su carrera, después de Pop pop (1991). Y los covers parecen ser del agrado de nuestra cantante, ya que hay tercer opus, The devil you know (2012). Pero volviendo a It’s like this, confieso haberlo comprado en su momento más que nada por su deliciosa y despojada versión de For no one, la gran balada barroca —con clavicordio y trompeta incluidos— del Revolver de los Beatles. Lo que no me había dado cuenta es que el que acompaña a Rickie Lee Jones al piano es nada menos que Joe Jackson. Y no sólo eso, también toca y canta con ella este otro tesoro que descubrí mucho después en el disco, esta versión de Steely Dan que bien podría estar en un disco solista del buen Jackson. Un tema en el que dos desclasados de las grandes ligas del pop anglo recuerdan, versionando un tema de un dúo de privilegiados de la misma división, que Los pibes del negocio del espectáculo hacen películas sobre ellos mismos/ y no les importa una mierda nadie más. En este miércoles soleado y frío como el alma de quienes aún nos (des)gobiernan, es una buena forma de recordar dos cosas. Una es fácil de olvidar en el ida y vuelta de días tan vertiginosos como los que nos toca vivir: que aún hay un Música Cretina con mucho para descubrir antes de que llegue el próximo. Y la otra mejor olvidarla y al mismo tiempo tenerla presente por eso de los tropezones y la piedra: que a los (no tan) pibes del negocio no les importamos una mierda. Por todo esto, siempre hay que recordar que al mal tiempo buena música. Y si es Cretina mejor.

lunes, 5 de agosto de 2019

Música Cretina 2019 #7

ESTO NO ES UN PROGRAMA

20-7-2019

Lado A

“Lloraba de amor/ y no porque sufría”

1.- Gene, Her fifteen years
2.- Herbert Vianna, Uns dias (Paralamas)
3.- Van Morrison, In the garden
4.- Cagney and Lacee, Greyhound goin’ somewhere (Bobbie Gentry)
5.- Rickie Lee Jones c/Joe Jackson, Show biz kids (Steely Dan)
6.- Mauricio Redolés y Los Ex-Animales Domésticos, Amor carreteao
7.- Waxahatchee, Under a rock

Lado B

“Te juro por Bob Dylan/ que no me lo esperaba”

8.- Charles Douglas c/Moe Tucker, A boy like me
9.- José Alberto Iglesias, Sutilmente, a Susana
10.- Flash and The Pan, Walking in the rain
11.- The Occasions, There’s no you
12.- Sergio Makaroff, A lo lejos
13.- Randy Newman, Mama told me not to come
14.- Alejandro Ferradás, Nombre de bienes (Eduardo Mateo)

Escuchar

domingo, 28 de julio de 2019

Van Morrison, "In the garden"


Sin gurú, sin método, sin maestro/ sólo vos y yo/ y la naturaleza

Domingo de invierno, con sol y Van Morrison. Eso es Música Cretina. O eso debería ser. El viejo Van suena en el Lado A del último no-programa, justo después de temas de los que ya hablamos por acá: primero Gene y luego Herbert Vianna. Cretinos todos, claro. Los invito a escucharlos y sumarse al club, haciendo play en el link que dejo en los comentarios, y confiando en que después de Van se dejen sorprender por lo que viene, porque esa es nuestra esencia Cretina. Un domingo soleado a fines de julio se lo merece. Pero dicho esto volvamos a Van Morrison, y a los versos con los que comienzan estas líneas. La primera frase, de hecho, siempre me fascinó, viniendo como viene de uno de los héroes de la contracultura. Digamos mejor que el viejo Van más que héroe siempre fue un antihéroe. Y más aún: directamente un mal bicho. Un tipo permanentemente enojado y esquivo, que en los ochenta pensaba que todos le habían robado su música. De hecho, en el disco que lleva como título la frase en cuestión, hay un tema que arranca diciendo exactamente eso: Robaron mis palabras/ robaron mis canciones/ robaron mi melodía. Uno puede imaginarse que el tipo que a los 20 años fue capaz de grabar algo tan maravilloso como Astral Weeks dos décadas después debía ser mucho más sabio, pero la música nunca es lineal y obedece a sus propias corrientes. El viento que llevó a Morrison hasta Madame George no es el mismo que lo dejó ante la Cientología en los 80, por ejemplo. ¿O el tiempo es aún más perverso de lo que me permito imaginar y es así nomás? ¿Los Beatles estaban equivocados? ¿Si te das mucho amor lo que viene es odio? ¿Si alcanzás la sabiduría te toca la ignorancia? Bienvenida la ignorancia, entonces, si ése es el camino hacia la música de Van The Man, el gurú más olvidado del rock, y con toda justicia. Pero al mismo tiempo eso mismo es lo que hace que su obra sea el repositorio de tantos tesoros. Porque, en su caso al menos, no se trata del artista sino de la canción. ¡Y qué canciones! Está el Morrison de Gloria y los Them, el que parece el papá del otro Morrison, del buen Jim. Está también el Morrison que ya mencionamos, el de Astral Weeks, ese ascenso celestial fruto del combustible de la nostalgia de un joven de apenas 20 años. Y está también el jazz del Morrison de la vejez, capaz de sacar un disco tras otro durante las últimas dos décadas —y uno mejor que el otro—, sin que a nadie parezca importarle. En su libro sobre Van, Greil Marcus confirma eso que descubrí cuando The Healing Game me fascinó al llegar a mis manos en la segunda mitad de los 90 pero nadie mas parecía estar escuchando: que Van se había reencontrado. Y no hablo de paz interior, en la portada de ese disco estaba vestido como un mafioso, y sus canciones tenían más urgencia que otra cosa. Pero esa es justamente la clave. Es más: creo que a partir de entonces no tiene discos malos. Sin embargo, esa prodigalidad en la vejez no ha alcanzado para devolverle un lugar en la conciencia del rock actual entre los únicos artistas con los que podría codearse, como Bob Dylan, Neil Young o Joni Mitchell. La culpa, hay que decirlo, la tiene el propio Van. Tantas idas y vueltas, tanta mala leche, hace que nadie le tenga confianza. Pero lo dije antes: con Van lo que importa es la canción. Y siempre he amado el mantra que construye en la canción que bautiza su disco post-cientología, este No guru, No method, No teacher que lo muestra en la portada como un profesor universitario, más teacher que gurú, ciertamente. In the garden es un tema mágico, clásico instantáneo marca Van, que incluso tiene su gilette en el tobogán. Porque, sí, reniega de gurúes, métodos y maestros, pero si uno escucha atentamente el estribillo, después de la naturaleza viene el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¡No falta nadie! Van nos convoca al paraíso, pero minga de manzana. La felicidad, pareciera cantar, esta en la ignorancia. Pero uno sabe que, en su caso, en realidad se trata de ignorar, o de pasar por alto, semejante idiosincracia. Van Morrison pareciera ser la mejor prueba de que tener un don es como que te regalen un reloj, pero a lo Cortázar: en realidad uno es el regalo del reloj. Tic tac, dice el don de Van, y entonces No guru, no method, no teacher. Solo vos y yo. Un domingo de sol. Y Música Cretina, claro.

jueves, 25 de julio de 2019

Herbert Vianna, "Uns dias" (Paralamas)

Lloraba de amor/ y no porque sufría

Al de la foto esta vez seguro que lo conocen: se llama Herbert Vianna, y la imagen es de la contraportada del librillo interno de su segundo álbum solista, el despojado y poco conocido —al menos por estas pampas— Santorini Blues. Es una postal —guitarra acústica, bermudas, luz crepuscular— que captura la esencia de un disco que es como una guitarreada veraniega. De lujo, claro, pero guitarreada al fin. Ese es el espíritu que se cuela en el nuevo Música Cretina cuando asoma la voz y la guitarra de Herbert, apenas empezado el Lado A de un no-programa repleto de discos atesorados en mis estantes, como este trabajo del que nos separan unos —gulp— 22 años ya. Su historia es más o menos así: cuando Vianna se fue a los Estados Unidos a masterizar 9 lunas, el álbum que de alguna manera marcó el fin del romance de Paralamas con el mercado latino, había una serie de canciones que no paraba de tocar en su guitarra acústica. Una y otra vez, dale que dale. Si la conjunción de “guitarra”, “acústica” y “Brasil” remite inmediatamente a MPB, para el entonces siempre polémico Herbert —que más de una vez supo oficiar de vocero del hartazgo de los músicos de su generación ante la palabra siempre considerada santa de Caetano Veloso— esas tres iniciales estaban fuera de su vocabulario. El repertorio acústico del líder de Paralamas incluía, en cambio, entusiasmos recurrentes como Fito Páez, intereses rockeros y generacionales como el disco de Pete Townshend y Ronnie Lane, y en su mayor parte un repertorio propio, basado en temas ya grabados por el grupo, como el epifánico Uns días, que es el que suena en este Música Cretina. Un tema en carne viva, piedra fundamental del consagratorio Bora bora, el disco con el que Herbert comenzó a acercarse al mundo del rock argentino cuando Charly García se sentó al piano para la balada Por quase um segundo. “Probé tantas frutas/ que te dejarían tonta”, canta Vianna en Uns dias, una canción que es posible que haga referencia al final de su accidentada relación con Paula Toller, la cantante de Kid Abelha. “Yo estuve afuera unos días/ yo te odié unos días/ yo te quise matar”, es como termina una letra que comienza celebrando y termina confesando, un arco que comienza en la liberación, sigue con la culpa y termina en el rencor en apenas tres minutos. Con cuarenta y tres segundos, para ser precisos. Volviendo a la historia del disco que aloja esta versión, fue durante unas horas libres durante esa mezcla norteamericana de 9 lunas que el líder de Paralamas grabó de corrido aquel repertorio, con la asistencia del técnico Jerry Napier, que —como le gustaba recordar por entonces a Herbert— solía trabajar con Neil Young. Así como su debut como solista despertó cierto resquemor entre sus compañeros de grupo, que consideraron que aquellos temas debieron haber formado parte del repertorio de Paralamas —y alguno finalmente pasó, efectivamente, de E batumaré a Severino—, Santorini Blues debe su existencia al entusiasmo de Joao y Bi por ese “demo”, que sonaba una y otra vez en el auto del cantante y terminó siendo editado casi sin agregados (uno de los pocos es el teclado que se escucha al comienzo de Uns dias, justamente). Eso sí, estoy seguro que la cinta original debía tener grabado algún tema de Tom Verlaine, del que Herbert es tan fanático que cuando lo conocí, durante la sesión de fotos para esa primera nota, nunca dejó de tocar una y otra vez los acordes de Glory, de Television, en la guitarra que llevaba colgada. Se lo recordé hace poco, en la sala de ensayo que el grupo tiene armada en el departamento de Joao Barone, el baterista, en Río, y reveló que hizo lo mismo durante el comienzo de su luna de miel con Lucy, al punto de que su flamante mujer le prohibió Verlaine o Television durante el resto del viaje. Confesaba unas lineas antes mi sorpresa ante las dos décadas que nos separan de un disco que me parece que fue ayer cuando lo escuché por primera vez, pero la verdad que no solo el tiempo separa aquel recuerdo de este presente en el que Vianna es otra persona, y al mismo tiempo la misma que conocí entonces. Es un sobreviviente atravesado por una tragedia de la que escapó gracias a la ayuda de sus amigos y de la música, pero al mismo tiempo ha quedado atrapado en ella. Y ahora cuando repaso Santorini Blues, es inevitable no detenerse en una de las perlas de su repertorio, el inédito Luca, que quedó fuera de Paralamas porque sus compañeros lo consideraron demasiado personal, ya que se refiere a la experiencia de tener un hijo. “Abre los ojos para ver el mundo/ todo es nuevo para tus ojos nuevos”, cantaba entonces Herbert, y es imposible reprimir un escalofrío al escuchar hoy el verso final de la estrofa, que repite y cambia: “Todo es nuevo para mis ojos viejos”. Porque no hay forma de no pensar en este Herbert que perdió todo, incluso la memoria, y la recupera día a día, viviendo en carne propia ese último verso. Todo es nuevo para los ojos viejos de mi amigo Herbert, un milagro musical, dueño de una fuerza vital única, que invita a seguir adelante, pase lo que pase, con la música como estandarte, siempre canción a canción.

miércoles, 24 de julio de 2019

El mar no rechaza ningún río

El mar no rechaza ningún río/ recordá eso cuando el mendigo pague una ronda

El tipo de la foto se llama Alan Rogan, y el verso citado acá arriba forma parte del único tema que llegó a firmar en su vida. Su co-autor, en cambio, firmó, firma y seguirá firmando temas mientras pueda sostener una guitarra en las manos, y lleva por nombre Pete Townshend. Rogan fue, justamente, el responsable de cada guitarra —y amplificador— que el guitarrista y compositor de The Who destruyó sobre el escenario durante toda su carrera, y eso es mucha destrucción. Casi se podría decir que fue el dueño del trabajo más ingrato de la historia del rock’n’roll, el tipo que arreglaba las guitarras que usaba el tipo que —García dixit— las rompía cuando nadie tenía un miserable amplificador. Con eso alcanzaría para rendirle homenaje, pero además resulta que leo por ahí que su nombre figura al pie de uno de los temas más emocionantes del rock durante lo que podríamos llamar su primer crisis de madurez. Es nada menos que la médula espinal del segundo disco solista de Townshend, Todos los mejores cowboys tienen ojos chinos, un título que nunca entendí demasiado qué quiere decir, salvo que se refiera al hecho de que los mejores cowboys tienen los ojos bien chicos de tan puestos que están. Por aquel entonces el punk que supo mojar la oreja de los viejos rockers había llegado y seguido de largo, y Keith Moon se había muerto, así que estaba más claro que nunca que no sólo habría diversión en eso de tocar y romper las guitarras. La metáfora del mar es justamente una que también utilizó por estas pampas el fan confeso del hombre que rompía las guitarras, firmado con el que se las arreglaba. Pero allí donde el siempre arrogante Charly desdeña las nuevas olas, Townshend (junto con Rogan) recuerda a todos los ríos. El mar no rechaza ningún río/ y el río es donde estoy, termina cantando el buen Pete, después de recordar el estado de las aguas y de dónde vienen, y que todas, pero todas todas, terminan en el mar. Es un tema emocionante, y para un chico que recién se asomaba al rock como era yo entonces, un desafío. Porque era una balada, no un rock’n’roll, y además duraba más de cinco minutos, así que todo pedía seguí de largo, pasá al tema siguiente, pero no, ahí me quedé. Recuerdo que cuando nos pasábamos el porro/ mi cuerpo se sentía un poco más frío, se puede escuchar apenas empezado el tema, y entonces cómo no seguir escuchándolo. Tengo que confesar que nunca supe que Pete Townshend lo había firmado con otro, de hecho, en el disco que tuve entonces y cuyo sobre interno revisé mil veces (y también en el compact que conservo) sólo concede una co-autoría con Andy Newman para el breve y hermoso Preludio (A veces, caminando por las calles de la ciudad/ Miro todos los rostros de los ganadores y perdedores/ Por qué, no puedo ver un cambio/ antes de decir adiós) y reconoce a North country girl como un tema tradicional del que apenas es responsable por el nuevo arreglo. Pero si en todos los obituarios dedicados a Alan Rogan desde su muerte a comienzos de este mes se menciona su co-autoría en ese tema, mejor hacerles caso. Acabo de leer el del New York Times, donde se señala lo mismo, y que funcionó como punto de partida para este recuerdo-homenaje de uno de esos tipos indispensables pero anónimos que siempre hay detrás de cualquier cosa que damos por hecha y no lo está. Así sean las guitarras siempre tiene a mano para romper una estrella de rock como esa canilla de la que sale agua cuando la abrimos. “Estamos poluidos ahora pero aún limpios en nuestros corazones/ el mar no rechaza ningún río”, canta Townshend y entonces ahora cantamos todos, recordamos todos, y también brindemos todos por el buen Alan, que ya forma parte del mar.