Música Cretina es un no-programa online que intenta mantener cierta regularidad. Sus últimas entregas musicales se pueden escuchar en los players que se encolumnan aquí debajo. Además, hay muchos más no-programas listos para escuchar en nuestra página de Mixcloud. También disfrutamos mucho de explayarnos sobre los temas incluidos en cada emisión: son las historias que contaríamos al aire de ser, efectivamente, un programa.
En el cielo había nueve lunas/ y nunca más encontré mi casa
Un par de semanas atrás, en Río de Janeiro, cuando Herbert
Vianna me recordó esta canción del disco Nueve lunas, traté de que no se notase
que se me ponía la piel de gallina. Me habían invitado a pasar por la casa del
amigo Joao Barone, donde ensaya el grupo regularmente, y no se por qué razón el
cantante empezó a traducírmela. Tal vez porque el grupo la recuperó para unos
shows acústicos que andan montando, ya que de eso veníamos hablando. Pero,
además del hecho de que siempre fue uno de mis temas preferidos de esa época
del grupo, mientras iba recordando la letra adelantándome al fraseo de Herbert,
de pronto me di cuenta que era imposible no cantarla sin pensar en su accidente
y sus trágicas consecuencias.
A diferencia de lo que pasa con todas las canciones de Soda
o Cerati, que parecen dialogar interminablemente con su caprichoso destino, con
Paralamas no sucede lo mismo. O, al menos, no sucede todo el tiempo. Es verdad
que las canciones de Largo Camino, el disco que editaron después del accidente
parecen hechas después, aunque fueron compuestas antes. Como suelen decir los
que se dedican a eso, las canciones lo suelen saber todo antes. Pero tampoco es
cuestión de que nos refrieguen por la cara una y otra vez esa dudosa sabiduría.
No parecía ser el caso de Um pequeno imprevisto, que en
realidad siempre me había remitido más a La trama celeste de Bioy Casares, pero
tener a Herbert recitando eso de “Quise querer lo que el viento no se lleva/
para que el viento solo se llevase lo que no quiero” y no pude evitar
emocionarme. Es imposible no hacerlo, en realidad, al lado de ese sobreviviente
que es Herbert, eternauta emotivo, que siempre pregunta por Fito, por Charly,
por Los Pericos, por sus amigos argentinos. Y que explica, una y otra vez, que
preparando unas versiones de sus temas en castellano, tuvo que ponerse un coach
dedicado a sacarle los modismos argentinos, que todo el tiempo se cuelan en su
habla, y que él celebra con una sonrisa.
Nueve lunas es el disco con el que los Paralamas, en su
momento, respondieron a la indiferencia que sufrió su disco más ambicioso,
Severino. Bautizado Dos margaritas para su edición argentina, condimentada con
más versiones de sus temas en castellano, la edición brasileña era implacable:
no llevaba sus fotos en tapa, y reunía a Tom Ze con Linton Kwasi Johnston. Su
nombre venía de una canción que el grupo había recuperado del debut como
solista de Herbert, pero ese atrevimiento y experimentación –a diferencia de lo
que había sucedido en su momento con Selvagem?-- apenas si despertó interés,
así que para el siguiente disco el grupo respondió regresando al pop y la
canción.
Nueve lunas coincidió con el comienzo para Paralamas de
reservarse el lugar de clásicos dentro de Brasil, pero fue el turno del mercado
argentino para mostrarse indiferente. La marea de la popularidad cambió para el
grupo, y al tiempo que se terminaron de reinsertar en el mercado brasileño, el
argentino comenzó a cerrarles las puertas. Un pecado injusto para cobrárselo al
hermoso repertorio del disco, pero al que también podría hacer referencia Um pequeno imprevisto, que habla de prever el futuro y concertar el pasado.
Después de todo, para ellos, acá en Argentina, es como si de pronto hubiesen
cambiado los nombres de las calles y la gente tuviese otra cara. Pero, eso sí,
por fin pudieron volver a su verdadera casa. Y su música, eso sí, nunca dejó de
significar hogar para un humilde servidor. Que celebra tenerlos en un lugar
destacado de este aún flamante no-programa, bien brasileño, de regreso al sol
del invierno. En retirado, pero invierno al fin. Y a mucha honra.
“¿Vamos a empezar el disco con ese verso? Buenísimo”. Según
el pequeño y fascinante libro de Mariano Marovatto dedicado al consagratorio As quatro estaçoes, de Legiao Urbana, eso es lo que dijo un
entusiasta Dado Villa Lobos, guitarrista del grupo, cuando armaron por primera
vez el orden de las canciones del disco, y se dio cuenta que Ha tempos era la
que abría. Junto con Pais e filhos y Meninos e meninas, son tres temas que
no pueden faltar desde entonces en cualquier recorrido por el repertorio del
grupo, que con aquel cuarto opus terminó de destacarse entre los protagonistas
del rock de los 80 brasilero. Según señala Marovatto, As quatro estaçoes es fruto de una suerte de reinvención del grupo de Renato Russo,
es el disco con el que Legiao rompió con su pasado de Brasilia. Ya habían
entrado en crisis con la ciudad donde se formaron luego de un concierto
desastroso allí, con el que terminó la gira de Que país es este, el
disco anterior, en el que habían regresado a los restos del repertorio previo a
la formación de la banda, rascando el fondo del barril de Renato. Y qué fondo:
ahí estaba esperando nada menos que una obra maestra como Faroeste
cabloclo. Pero si en la discografía de Legiao hay que ir salteando discos
cronológicamente para encontrar un dialogo entre ellos, As quatro sería la continuación de Dois, el álbum previo a Que
país. Compuesto yendo todos los días de tres de la tarde a ocho de la
noche a los estudios de EMI en el barrio de Botafogo, en Río de Janeiro, los
temas fueron tomando forma sin letras, y cuando Renato trajo las primeras y
calzaron perfectamente en la música, supieron que el trabajo había rendido sus
frutos. Una de las primeras fue, justamente, este Ha tempos, himno
instantáneo, que en esta versión del Acústico MTV se aleja de las referencias
rockers de la época de la grabación original, y adquiere aún más carácter de
canción sin tiempo, y además se disfruta mejor que nunca la profunda voz de su
cantante y líder. Tu tristeza es tan exacta/ y hoy el día es tan bonito,
entona el buen Renato, un artista al que el rock local aún debe un reconocimiento. De hecho, una de las razones
por las que me saco el sombrero ante Pedro Aznar es que es el único que supo
escucharlo desde acá. Cuando murió Renato y tuve que dar la noticia en Página,
el único al que se me ocurrió pedirle una columna fue a Pedro, que se sumó
gustoso a la despedida. En este Música Cretina de regreso de las vacaciones, no
podía faltar este Ha tempos, que me encontré tarareando una y otra
vez durante una semana en Río. Ahí está, cerrando el Lado A de un no-programa
que no podía ser otra cosa que muy brasilero. Salve Renato, por casa también el
agua está muy limpia, claro que sí.
Así comienza el Lado B del nuevo no programa, y sería de
desear que así también empiece cualquier día. Como este jueves soleado, que se
merece un nuevo Música Cretina, con temas como esta maravilla, que parece
escrito para nosotros. Pero es que no se puede esperar menos de dos cretinazos
como Willie Nelson y Merle Haggard, enormes leyendas de la más rebelde musica
country norteamericana, que acaban de editar un disco a dúo, titulado Django
and Jimmie. El mundo se ha ido al diablo/ y estoy seguro que lo vamos a
extrañar, canta Nelson, que en realidad no parece muy preocupado. Es más, a
juzgar por las deliciosas imágenes del video promocional del tema, parece estar
pasándosela más que bien. Porro en mano, claro. Si ese destino es el que nos
esperase a todos al llegar a su edad, enciéndanmelo ya y mantengan la llama. Tengo
un billete de cien, te podes quedar con tus pastillas, amigo/ porque todo se
está yendo al porro. Lo bien que hace.
Mi pasión tiene que brillar en la noche/ como un objeto no identificado
Buenos días, martes. Buenos días, invierno. Buenos días,
Cretinxs. Acá estamos de regreso, después de unas merecidas vacaciones. Y el
que nos trae de vuelta en su plato volador con un nuevo no-programa bajo el
brazo es Caetano Veloso, con esta canción editada originalmente en su disco
blanco, del año 1969, casi medio siglo (!) atrás. Caetano cuenta en el
indispensable cuadernillo que acompaña Letra só, el volumen que
compila sus letras, que es un tema sobre su natal Santo Amaro, compuesto en base
al recuerdo de un amor apasionado que tuvo por una niña de allí. Y agrega:
“Alguien me dijo que era, de mis canciones, la que más le gustaba a mi padre.
Nunca me lo dijo, pero me lo creo”. En la extraordinaria muestra dedicada a los
50 años de carrera de María Bethania que se está realizando en Río de Janeiro
hasta mediados del mes que viene, todos los fines de semana, sábados y
domingos, hay shows en vivo como parte de la exposición. Un par de domingos
atrás, cuando se celebraba el día del padre en Brasil, se presentaron allí
Moreno Veloso y Pedro Sá, con gran parte de su familia entre el público, entre
ellos por supuesto también Caetano y María Bethania. Fue un show emotivo, con
un repertorio integrado por versiones de sus homenajeados, en el que Pedro Sá
la rompió aunque aseguró estar afónico y Moreno terminó haciendo percusión con
un plato y un cuchillo. Nuestro hit de todo el viaje desde esa tarde –nuestro
primer domingo en Río—fue este temazo que terminé cantando casi sin saber muy
bien de dónde venía, pero que una rápida búsqueda en internet descubrió casi
enseguida en esta versión del disco Zii e Zie ao vivo, el evidente modelo para
la versión que escuchamos aquel día del padre en el Paço Imperial del centro de
Río: la canción preferida del papá de Caetano, tocada por su hijo, que tenía a
su vez a su pequeño hijo sentado enfrente cuando la cantaba. Una canción
sencilla, brasilera/ para lanzar después del Carnaval. Gracias por todo,
Velosos. Y perdón por la demora, Cretinxs. Vaya este ié-ié-ié romántico apenas
como adelanto de todo lo que se viene. Porque volvió Música Cretina. Y no nos
vamos a ningún lado.
Uno de los momentos claves de mi iniciación musical, fue el
hecho de haber podido arrebatarles Los Beatles a mis padres. Algo que me
permitió ingresar a la pubertad sin tener que renegar de ellos, y poder así
disfrutarlos sin culpa, entendiendo de primera mano que al mismo tiempo podían
encarnar la rebelión así como el conservadurismo. Mis viejos amaban a Los
Beatles, y yo crecí escuchando sus discos, junto a Mediterráneo, de Joan Manuel
Serrat o El amor, de Julio Iglesias. Como Asterix, como Malfalda, las canciones
de los muchachos de Liverpool fueron algo así como un lenguaje común en mi
hogar. Uno podía decir una frase o tararear algún verso, y los demás
completábamos el chiste o la canción inmediatamente. Durante un interminable
viaje familiar en auto a Bariloche cuando aún eramos chicos, la única diversión
en el asiento de atrás de aquel Renault 4 rojo que compartimos con mi hermana
fue un viejo radiograbador horizontal, de esos con las teclas grandes y un solo
parlante. Allí escuchamos sin parar Rubber Soul y Beatles for Sale, los dos
cassetes del grupo que teníamos entonces, hasta saberlos de memoria. Es mas,
como el azimut del cabezal del grabador estaba descalibrado y se escuchaba un
solo canal, la curiosa versión estéreo original de Rubber Soul –que separaba la
mezcla mono original en dos canales musicalmente independientes, con voces por
un lado e instrumentos por el otro—propició para que algunos temas en mi
recuerdo eternizado tuviesen sólo coritos y ningún verso, o fuesen sino meros
instrumentales con estribillo. Pero el momento en que Los Beatles pasaron a ser
también realmente míos fue cuando me compré mi primer disco de ellos, en
realidad un cassette que me canjeó un compañero de colegio. Cuando le comenté
la novedad a mi viejo, el fan de los Beatles más cercano que tenía, me dijo que
no era tan bueno, porque era de la época rara del grupo. Eso me desanimó un
poco, así que recuerdo haberlo escuchado con recelo. Me voló la cabeza: se
trataba nada menos que de Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Desde entonces
supe que había unos Beatles para mi viejo, y otros para mí. Que él tenía su
rock, el de la campera de cuero rápidamente convertida en trajecito y los pelos
largos pero no tanto, el de los primeros discos del grupo. Y yo podía tener el
mío, vestido de cualquier manera extravagante, de pelo realmente largo e
incluso barba y bigote (¡y anteojos!), y arrebatos orientales sumados a un
extraño cuelgue que luego descubriría que tenía un nombre propio: psicodelia.
Dentro de ese universo desquiciado entra este Hey Bulldog, un tema extraño, urgente y
algo escondido del grupo (está
en la banda de sonido de El Submarino Amarillo), que con uno de mis primeros amigos, con el que
intentamos algo parecido a tener una banda, convertimos en nuestro himno
beatle. Sabíamos que no estaba a la altura de los mejores temas del grupo, pero
era bien nuestro, y también algo bizarro, con ese contundente riff de piano
inicial, y esos ladridos y gritos al final. La historia oficial de los Beatles
le reserva a Hey Bulldog el lugar del último momento clásico y grupal del
grupo, antes del desbande luego del viaje a la India. Según escribió el
ingeniero Geoff Emerick en sus memorias, su grabación –realizada de improviso,
durante una jornada de filmación en el estudio de imágenes para un clip del
tema Lady Madonna—fue el último momento en que los Beatles funcionaron en el
estudio como un grupo. La pasaron bien grabándolo, y eso es algo que se nota. Por eso es que es un tema que le
levanta el ánimo al más desvalido, y sirve como anillo al dedo para arrancar la
semana. Y también funciona como ideal punto final para el último Música
Cretina, completando un increíble acelerada final del Lado B, después de los
Redondos y los Stones. Nada menos que un lujazo. Cretino, claro.
Ella dijo: ¿Qué clase de nombre es Prophet, después de todo?/ Yo dije: No se qué clase de nombre es
Hay canciones que son nocturnas, y este tema del ex líder de
Green On Red decididamente necesita luces de neón. Debo confesar que tengo una
particular obsesión por la época del Nuevo Rock (Norte)Americano de los 80s, y
dentro de ese lote tal vez los primeros en destacarse fueron aquellos pibes de
Tucson, de los que formó parte Chuck Prophet. De los sobrevivientes de aquellos
tiempos, Prophet tal vez sea la inversión que mejor rinda últimamente, si se
tiene en cuenta la poca bola que se le da por estos lares y la calidad de sus
últimos discos. No se qué clase de nombre es Prophet, la verdad, pero si se que
el buen Chuck ha estado sacado prácticamente un disco cada dos años en la
última década, y que todos la rompen. Este tema es del rockerísimo ¡Let freedom
ring!, un álbum bien urbano, que no se por qué me recuerda al New
York de Lou Reed, y que Prophet fue a grabar a Mexico, donde además
aprovechó para arreglarse los dientes. Tal vez por eso muerde tan bien cada uno
de los temas de un disco que escuché tanto en su momento, que decidí que tenía
que tenerlo en mi discoteca. Ella dijo: La noche tiene miles de ojos/ Yo dije:
Escuché eso también, ¿qué quiere decir?, canta Prophet en esta curiosísima
canción que es a la vez diálogo caliente, y que hay que dejar que suene para
que la noche del domingo importe un poquito menos. Yo se lo que les digo. Y
suena aún mejor si hacen play en el Música Cretina y la esperan venir, casi al
final de Lado A. No digan que no les avisé.